Expedición O’higgins

“El montañista es aquél que conduce su cuerpo allá donde un día sus ojos soñaron” (G. Rebuffat).

Dice un dicho en Patagonia “quien come calafate, vuelve por más”. Y es que el último día de nuestra travesía al circo de los Altares vía glaciar Chico en enero de 2017, arrasamos con cuanta mata de calafate nos encontramos en el camino desde el Paso Huemul a Chaltén. De comida solo nos quedaba mate, mucho mate.

Sin duda todo el entorno patagónico, sus paisajes, glaciares, el viento, las nubes, su gente, el mate, en fin, nos dejó con ganas de ir a por más, como suelen decir los españoles. Como montañistas teníamos grandes ansias de poder ascender alguno de los hermosos cerros de Campo de Hielo Sur, ojalá en algún sector poco explorado.

Luego de varias juntas decidimos ir a tentar suerte al cordón del cerro O’higgins, donde solo este contaba con un ascenso previo. El plan: 2 semanas desde que nos dejara el bote en la morrena sur del glaciar O’higgins, portear el equipo al refugio DGA, cruzar la meseta, ascender por el plateau superior oeste del cordón O’higgins y volver por la misma ruta esperando la recogida en bote de vuelta a Villa O’higgins. Bastante ambicioso considerando además días de mal tiempo.

Con la ventaja que la aproximación por la morrena sur ya había sido probada por expediciones recientes para acceder al Volcán Lautaro y no había que pelear con renovales, quila, mallines, lagunas semicongeladas, glofs, o cualquiera otra dificultad, comunes en la mayoría de las aproximaciones de la zona. Esta vez el equipo lo integramos Gabriel Muñoz, Agustín Ferrer y Manuel Guerrero, todos del CAU.

El sector del glaciar O’higgins y en amarillo la ruta del primer ascenso al cerro … O’higgins, realizado por los jóvenes García, Marangunic, Espinosa y Vivanco, con un glaciar O’higgins bastante más grande, por allá por el verano de 1960. En aquella ocasión se conocerían en la casa de Doña Carmela y Luis Mancilla con Eric Shipton, que regresaba de su intento al Lautaro. Nuestra ruta iría por la ladera al poniente (más a la izquierda) cruzando el borde de la meseta del hielo desde el refugio DGA ubicado más al sur.

Para no alargar tanto el cuento, luego de varias reuniones, algunas salidas de preparación, partimos un miércoles 20 de noviembre Manuel y Agustín rumbo a Balmaceda. Gabriel volaría al día siguiente. Ese día llegamos a Coyhaique con lluvia y nos recordó dónde nos estábamos metiendo. Aprovechamos de comprar bencina blanca y más comida para los días de aproximación en bus hasta Villa O’higgins (en adelante V.O.) y no tentarnos de echar mano a la ración de marcha como nos pasó el 2017. Bus a Cochrane, bivak en el recién inaugurado terminal, y bus a V.O., todo sin novedad.

El lunes partimos temprano en Campito, la embarcación de Marcus Campos rumbo al glaciar O’higgins.

Equipo completo esperando embarcarnos rumbo a Pto Bahamondes.

La Quetru y Campito en Pto Bahamondes.

Vista de la cara este del O’higgins desde Campito a toda velocidad.

A eso de las 11 y media de la mañana estábamos los 3 con todo nuestro equipo listos para encaminarnos rumbo al primer objetivo de nuestra ruta: el refugio DGA.

Marcus Campos despidiéndonos, atrás el glaciar Pirámide o GAEA y una de sus tantas puntas probablemente sin nombre ni ascensos. Subimos a la estación meteorológica de la Punta Nahuelcar a reconocer la ruta.

Rápidamente alcanzamos el sector que llamamos El Manzano, desde aquí la cosa se encajonaba y tenía una roca bonita, donde imaginamos unas rutas bien duras.

La ruta se veía bastante sencilla, cada cierta distancia encontrábamos monolitos y estábamos contentos de nuestro avance. De a poco se fue haciendo algo más sinuosa hasta que llegamos a una pequeña laguna y ya no era tan simple. Seguimos un rato y nuevamente se complicaba más la ruta y finalmente llegamos a farellones hacia el glaciar y ahí nos dimos cuenta de nuestro jugo. Vuelta atrás, hasta encontrar nuevamente la ruta en este laberinto. La cosa no era tan simple como nos habían señalado.

La morrena y sus laberintos.

Al día siguiente encontraríamos un monolito que nos volvió a sacar de la ruta y perdimos más tiempo aún. A eso del mediodía pillamos el portezuelo desde donde se tenía una gran vista al glaciar y los cerros del sector, un paisaje sublime.

Continuamos por el glaciar, al comienzo duro como cristal  (y después también) con una capa de arena encima (till para los entendidos). Al igual que el día anterior, el camino partía sencillo y poco a poco se fue complicando; el glaciar se iba agrietando cada vez más y laberinto era una palabra tan recurrente como O’higgins y las preguntas de Muñoz (tío! ¿cuánto falta pal glaciar?).

Continuamos acertadamente por la quebrada, al ver que el glaciar ya no era el mejor lugar para avanzar. A eso de las 5-6pm alcanzamos lo que llamamos el glaciar blanco (en contraste al primer tramo cubierto de arena oscura). En ese minuto corría bastante viento y no teníamos certeza de cómo seguía la ruta al refugio por lo que preferimos acampar y partir temprano al día siguiente. Alguien señaló por ahí que es posible alcanzar el refugio en un día, tal vez es posible hacerlo sin peso, pero no había presupuesto para porteadores, ni siquiera para comida liofilizada. Esa cena fue algo triste, ya habían pasado 2 días y ni rastro aún del refugio. Estuvimos escuchando música como una hora con el parlante de Gabo para levantarnos el ánimo.

El día miércoles, ya montados en el glaciar blanco, divisamos un punto naranjo arriba de la loma: ¡el refugio!

Al llegar al pie de la loma nos damos cuenta que la cosa tampoco era tan sencilla, algo inclinada la pared de roca, con neveros medio inestables por cascadas que se metían bajo estos y aprovechaban de mojar la roca; linda mezcla.

Aplicando técnicas de “escalamiento” en el laberinto de roca al refugio

Otro laberinto, trepe por aquí, nevero por allá llegamos al refugio que en realidad son 2 módulos: uno con cocina comedor dormitorio, y el otro, dormitorio y baño: sí, un baño (WC), sin cadena obviamente. En vez de eso, había que cerrar la bolsa negra o del color que quieran llevar (y después cargarla en la mochila hasta V.O.). Revisando encontramos algo de comida, no tan vencida, la gran mayoría era cosecha 2015-2016, y equipo de Max Villar, Pablo Besser y Pascual Díaz. La vista era increíble desde allí, muy tentador quedarse, pero cabeza fría ya en este primer porteo nos habíamos demorado muchísimo más de lo presupuestado. Así que dejar el equipo que no necesitaríamos (raquetas, algo de ropa y ferretería) y vuelta por el resto del equipo y comida.

El trono y la vista al Vn Lautaro

Al día siguiente amaneció lloviendo. Fue el primer día medianamente feo, a ratos pegaba el viento y una llovizna fina que igual mojaba. El último tramo salió el sol y paramos a menudo a contemplar la vista. En eso encontramos huesos de algún curioso individuo.

Llegando al depósito en la playa apareció una nube negra y nos dejó empapados; para rematarla llenos de arena húmeda. El premio consuelo fue un banquete: papas fritas, gran variedad verduras salteadas y un largo etc. que habíamos dejado en el depósito.

El desayuno de ese viernes 30 también fue abundante y al almuerzo teníamos reservado un pequeño lujo: galletas saladas con palta para celebrar el cumpleaños de Manuel. Pasado el glaciar negro, en nuestro segundo porteo, Manuel volvió a sentir molestia en su rodilla y acampamos un poco más allá . De todas formas, al día siguiente, ya venía un frente de mal tiempo de 2-3 días y no alcanzábamos a cruzar al cordón O’higgins. El sábado llegamos con calma al refugio, completamente instalados. Allí Manuel nos comunicó que prefería quedarse en el refugio y no exponerse a agravar su lesión en el cruce de la meseta. Estaríamos comunicados por radio en caso que pasara algo.

El domingo fue un día tranquilo, escuchando la lluvia, a ratos algo de música. También sentíamos la vibración del refugio al son del viento, daba una sensación de ir navegando por el océano. Cuando ya no había nada que ordenar ni preparar, nos dedicamos a leer, escribir y jugar cartas (dejamos un mazo de UNO para que disfruten los que vayan). El pronóstico no era claro, pensábamos partir al día siguiente dado que tampoco nos quedaba mucho tiempo, el sábado temprano nos recogería Marcus.

El mejor momento del día, de cualquier expedición: ¡a comer!

Sin embargo, Patagonia dijo otra cosa, en la noche el reloj de Gabo marcó una fuerte baja de presión así que otro día de ocio. Decidimos hacer un intento casi alpino, martes cruce de la meseta y miércoles cumbre y vuelta al refugio. Era parte de la apuesta de ir “solo” 2 semanas. El tiempo en patagonia vuela, como su viento.

El lunes por la tarde-noche estuvo un poco más helado y la lluvia pasó a tener más consistencia. Nos impresionó que en todos esos días la isoterma 0 casi no bajara de los 2000m (el refugio está a ~1350m). Partimos con las primeras luces: el espectáculo era hermoso, todo el campo recién nevado. Del refugio salimos con crampones, ya llegando al borde de la loma y el glaciar nos enterramos hasta el ombligo. Pasada a pits para cambio a raquetas y encordarnos.

Así comenzamos la travesía por el margen oriental de la inmensa meseta de Todas las Madres. A los 15 minutos entrados en el glaciar Gabriel se cayó en una grieta gigantesca, ubicada casi paralela a nuestro avance. La delgada capa de nieve recién caída daba una hermosa postal, y de paso cubría cualquier sospecha de muchas grietas. Al rato Gabo volvió a caer en otra grieta, escena que se repetiría tal vez unas 10 veces.

La nieve estaba muy blanda y era temprano. Había que pasar el cambio y pisar el acelerador. Por momentos el laberinto de grietas se transformó más bien en una telaraña, unas más profundas y anchas que otras. La descripción de Max Villar y Pablo Besser estaba completamente en lo cierto, la zona estaba plagada de grietas, para todos los gustos.

Al cabo de un par de horas el tiempo varió de cielo parcialmente nublado a despejado con nubes intermitentes así que otra parada exprés a desabrigarnos, hidratarnos y comer para mantener el buen ritmo. El terreno se tornó algo más amigable, con grietas más descubiertas y angostas, con la misma trayectoria que debíamos realizar sí (hacia el norte) y la nieve perdía consistencia apresuradamente. En algún momento llegó al punto tal que parecía que exprimíamos la nieve y salía agua. En efecto, bajo la capa de nieve había agua, nos dimos cuenta que habían sectores con un bello color turquesa completamente inundados y se sumó el desafío de evitar este nuevo obstáculo.

“Gabo ¿trajiste el packraft?”, “dale rompehielo muñoz”, “la próxima grieta Agustín de piquero” decíamos medio en broma medio en serio. Llevábamos unas 4 horas caminando y estábamos felices de un productivo avance. Como dice publicidad inmobiliaria, estábamos a pasos de la base del cordón, (algunos varios, anda a saber tú cuántos), en realidad 1 a 2km en línea recta. De hecho, en un momento planificamos inocentemente que alcanzaríamos a armar campamento y subir la P1870 por la tarde.

El problema fue que ya no solo habían lagunas, volvió a aparecer el entramado de grietas anchas, irregulares y tapadas no de nieve, de agua.

Puro Chiiile es tu cielo azulaaado, puras briiisas te cruuzan también. Y tu caampo de grietas inundaaado, es la copia feliz del Edén. Majestuosa es la (…)

En ese momento fue que Agustín sondeando las grietas con el bastón, cae completamente en una grieta llena de agua a tope, como una piscina sin fondo, o un fondo bien profundo; con mucho esfuerzo intentó salir de allí. Apoyaba el bastón y piolet en el borde, el terreno cedía y volvía a caer. Tras varios intentos logró salir, empapado.

Analizando rápidamente decidimos dar media vuelta y regresar al refugio: continuar en esta zona de muchísimas grietas del estilo come camiones, tapadas en agua no era técnicamente una ruta difícil, pero sí muy expuesta, una locura. 

Y, hasta aquí no más.

Siempre se ha dicho que es mejor ir a Campos de Hielo en invierno, que hay ventanas de buen tiempo más largas, el tiempo es más estable. Lo del tiempo no es tan cierto, nosotros a fines de noviembre tuvimos más de la mitad de los días muy buenos. Acá el tema fueron las condiciones que impiden el paso ante la inexistencia de puentes de nieve, o de presupuesto para sherpas con escaleras. Los adeptos al packraft podrían probar que tal se desliza en esta nieve estilo helado de fonda o año nuevo.

La vuelta fue más tranquila, aprovechamos de sacar fotos y vídeos. Al medio día nos contactamos por radio con Manuel y le avisamos que llegaríamos en un par de horas; ilusos, nos tomó más de 6 horas producto del terreno más blando todavía, más lagunas y el cansancio acumulado del trayecto ya recorrido. Solo quedaba disfrutar del entorno infinito para pasar la impotencia de llegar a un fin anticipado.

 

El regreso

Escribir sobre esto generalmente ha sido evitado en la literatura del montañismo. Pasa mucho en los libros y documentales terminan en: hicimos cumbre (o no) y vivieron (o no) felices para siempre. Lo interesante es que el regreso en esta oportunidad fue algo poco convencional. Bastante tranquila, nos sobró un día que nos daba posibilidad de bajar sin apuro, pero difícilmente para alcanzar a intentar otro cerro. Con una fuerte incertidumbre sí que Marcus pudiera recogernos el sábado.

Paréntesis: el lago O’higgins con 836m es el más profundo de América, 5° en el mundo. Posiblemente debido a esto y más bien producto del viento de la zona algunos días se generan olas inmensas y hacen imposible navegar. Si no nos recogieran el sábado, Gabo perdería su bus a Cochrane el domingo, el bus a Coyhaique el lunes, su vuelo a Santiago el martes y en sentido no figurado, el juicio del miércoles (-¡Protesto! -No ha lugar). Manolo y Agustín teníamos pasaje de vuelta a Santiago 10 días más tarde, no había apuro, ni tanta comida para extenderlo a ese nivel.

Así que el miércoles bajamos luego de armar la mochila con un detalle nuevo, había que cargar las bolsas negras. Manuel la llevaba afuera, Agustín optó por un bolsillo al costado y Gabriel, ya con la experiencia del Aconcagua y otras, metió su mierda dentro de la mochila, junto a su saco, ropa, etc. Un hombre de riesgos.

El jueves bajamos también con calma sacando fotos y vídeos para RRSS (no para este relato), hasta llegar al campamento del primer día. El viernes fue un día extremadamente caluroso, al punto de casi olvidarnos que hace un par de días estábamos en el hielo. El pronóstico marcaba una isoterma 0 sobre tres mil. Al llegar al depósito de la playa sacamos un paquete de papas fritas a renovar el sabor de la ración de marcha. Nos quedamos ahí parados conversando a velocidad conversación de Gabriel en whatsapp, mirando el lago, escuchando el poco viento que corría, esperando que bajara el calor. Lo habíamos dado todo, ahora solo quedaba disfrutar y esperar la recogida para volver a la civilización.

Al día siguiente rompimos la calma, rápidamente tuvimos las mochilas armadas para la recogida en el punto en que nos dejó Marcus 12 días atrás. Quedamos allí recordando todas las anécdotas, seguro íbamos a echar de menos este paraje. Agustín alcanzó a darse un baño en la orilla del lago, el segundo en la expedición después del piquero en la grieta. Escuchábamos un ruido y partíamos a mirar, ni rastro de Campito. Otro ruido … nada. De forma repentina aparece Campito decidido y se posa junto a nosotros. Ágilmente cargamos las mochilas, trineo, duffel y ¡al abordaje muchachos! Al subir, los tripulantes no dijeron nada, se veían algo asustados. Olíamos mal, y no alcanzamos a mejorar nuestra pinta desmejorada, pero la verdad es que les habían tocado de camino por el lago olas feroces que los traía bien aturdidos.

Salimos de la bahía de la punta Nahuelcar y Marcus puso los 2 motores de 100 hp a toda potencia (igualito al zodiac con 2 motores de 4hp en el que llegó Eric Shipton para su intento al Lautaro el 60). No era el mejor día para navegar. Rodeamos la isla Central por el poniente y enfilamos a la orilla oeste del brazo Pascua para cruzar surfeando las enormes olas que impulsaba el viento del norte. Después de un rato llegamos a Candelario Mancilla donde nos bajamos a descansar del ajetreado lago. De vuelta rumbo a Puerto Bahamondes el lago continuó muy movido y hasta sentimos era lo más extremo de toda la expedición (hasta ese momento).

Al volver a nuestro acogedor aposento, el camping Los Ñires celebramos el regreso con un buen banquete. Entre cerveza y cerveza, que ya con 2 quedamos …  bien; 2 semanas con alimentación racionada y un esfuerzo físico causan estragos, nos avisan que el bus que al día siguiente que volvería a Cochrane venía tarde, con fallas y que posiblemente partiría tarde, o simplemente no viajara. Para Gabriel la aventura no había terminado.

Titanic

En eso nos topamos con un par de amigos, Fernando González y Chino Castro que viajaron en el bus. Iban a hacer la travesía al Circo de los Altares vía glaciar Chico la siguiente semana junto a amigos del CAU que llegarían el domingo. Nos contaron que la micro había tenido una falla eléctrica, y poco antes de llegar a Puerto Yungay pinchó rueda. El viaje anterior se le había quebrado un vidrio y abollado el parachoques. Y para rematarla, llegando a V.O. venía con el embrague respondiendo a ratos.

Paseando por V.O.

De vuelta en el camping continuamos con las cervezas, más por convencimiento, recordando todas las veces en que esperábamos ansiosos aquel momento. Aprovechamos de hablar largamente con el celular de Manuel (solo hay señal Entel en V.O.) con nuestro contacto de salida, Víctor Torres, que estuvo constantemente preocupado de nosotros y nos ayudó a mantener contacto con Marcus para el regreso.

Con todo ese ajetreo, no recordamos porqué, pero Manolo y Agustín decidimos irnos de V.O. junto a Gabriel. Al mediodía anunciaron que habían arreglado el embrague, y a eso de las 2pm (no a las 9am como estaba presupuestada la salida), partiríamos a Cochrane.

Probando las rutas deportivas en VO mientras esperamos arreglen el bus.

Todo bien y tranquilo las primeras 2 horas de trayecto. Al llegar a una zona de cuesta con curvas empezaron los ruidos raros, las bajadas a toda velocidad y subidas en primera. El arreglo no había durado mucho y ahora todos los pasajeros íbamos despiertos, callados mirando las maniobras del chofer que hacía todo lo posible con un embrague muy descompuesto y anda saber cuántas otras panas tenía aquel vehículo. En algún momento apareció humo y un olor extraño. De inmediato muchos gritaron y el chofer pisó fuerte el freno.

Varios se bajaron a revisar el motor, esperaron que se enfriara un poco y volvimos a la carga. Todos bastante asustados. La gran mayoría de los pasajeros eran pobladores de la zona, en su única opción de transporte público. Nos contaban que venían alegando hace mucho rato que este bus tenía problemas, pero no se hacía nada.

“Vienen los políticos en sus camionetas fiscales del año y prometen que van a mejorar el sistema, pero al final no pasa nada” era la constante reflexión en la conversación. “Nos construyen plazas gigantescas que ni usamos, compran maquinaria para mejorar el camino en algunos tramos que al año siguiente se descompone, pero no arreglan lo esencial, un transporte seguro para los que vivimos aquí todo el año”. Llegamos al filo cuando la barcaza ya iba a zarpar rumbo a Pto Yungay. Allí algunos aprovecharon de intentar conseguir una alternativa, si es que iban a Cochrane o Tortel.

Al desembarcar en Yungay se escuchó que el bus que iba a Tortel podía seguir a Cochrane, todo el mundo se avalanchó a pillar un espacio. Se escuchó un grito “¡mujeres y niños primero!”, cual Titanic, con la diferencia que ya no estábamos navegando entre témpanos de hielo como el día anterior, sino entre las curvas y pendientes pronunciadas de la Carretera Austral.

Bus Águilas Patagónicas. No incluía cuarteto de cuerdas ni botes salvavidas

Era mentira, el otro bus no iría a Cochrane. Todos volvieron resignados, era tarde y quedaba un largo trecho. La subida y el camino continuaba en una cuesta bien sinuosa y el camino estaba cortado a pique en un costado; este sí era el momento más extremo de la expedición. Solo queríamos llegar sanos y enteros al pueblo de los pinos (¡Póngale pino!).

Alcanzamos la intersección con el desvío a Tortel y hubo un suspiro general, ya habíamos pasado la peor parte del camino. El resto fue largo y en menor medida, tenso. Ya en Cochrane Agustín y Gabriel tuvieron señal y lograron olvidar esta aventura con los mensajes y correos.

Gabriel volvió al día siguiente a Coyhaique. Aprovechó de provisionarse de fino mate y a presentar una denuncia sobre el estado del bus al Ministerio de Transporte. Agustín y Manuel se quedaron recorriendo sectores de escalada deportiva en Puerto Guadal, El Indio (Chile Chico), El Salto (Pto Ibáñez) y Chabela (Cerro Castillo).

No podemos terminar sin antes agradecer profundamente el apoyo de nuestro club, a la directiva 2018 que impulsó y llevó a cabo el fondo de expediciones que nos ayudó a financiar gran parte de esta aventura. Esperamos continúe esta iniciativa y más montañistas del club se animen a explorar rincones poco visitados de nuestra cordillera.

También damos las gracias a todos nuestros amigos, familiares que de alguna u otra forma hicieron esto posible. Esta vez no pillamos mucho calafate, pero de todas formas, volveremos a Patagonia por más.

Fotos y relato: Manuel Guerrero, Agustín Ferrer y Gabriel Muñoz