Campo de Hielo Sur: En busca de un primer ascenso
La exploración en el mundo del montañismo es algo que cada vez se vuelve más escaso. Ir a lugares
donde muy pocos o nadie ha estado, contar con escasa información previa y estar preparado para
cualquier desafío es, en el fondo, lo que más busco hoy en día. Eso y la posibilidad de fusionar
distintas disciplinas: kayak, randonee, montañismo y escalada en una sola expedición.
Cuando estábamos terminando de grabar el documental “El Otoño de los Glaciares”, caminando
hacia el campamento Paine Grande en el Parque Nacional Torres del Paine, divisamos a lo lejos dos
montañas en Campo de Hielo Sur. De una de ellas, nunca logré obtener su nombre ni si registraba
algún ascenso previo. Las únicas cumbres aledañas identificadas eran el Cerro Desconsuelo y el Cerro
Travesía.
Así se sembró la semilla. Comenzó entonces la investigación sobre cómo llegar a sus pies, cuáles
serían los obstáculos y cuántos días nos tomaría. A mi criterio, en cumbres de este tipo la cima es
solo una fracción del valor total, una de las partes más fascinantes y complejas es la logística. Fueron
meses analizando cada detalle, donde el ascenso en sí se percibía casi efímero en comparación con
la estrategia trazada en la mente. Eso, sumado a la búsqueda de una ventana de buen tiempo en
Patagonia, donde pueden transcurrir meses de espera sin éxito. Con el paso de los días, el objetivo
se transformó en una obsesión: revisar diariamente los modelos meteorológicos hasta poder
confirmar la ventana correcta y pensar en el plan una y otra vez buscando sus defectos.
Seis meses de planificación nos llevaron a evaluar cuatro rutas de aproximación distintas para
alcanzar el campamento base. Éramos tres integrantes, Florencia Mujica, Macarena Domínguez y yo,
Víctor Zavala, con la estimación de pasar 14 días al margen de la civilización.

Día 1: El ingreso por el agua
Zarpamos el 6 de agosto de 2026 desde el río Serrano con los kayaks cargados con nuestras bolsas
secas Drysafe y bien abrigados ante el rigor del invierno. No había transcurrido una hora cuando
tuvimos que remolcar las embarcaciones una a una, como si fuéramos bueyes, para sortear un tramo
de rápidos. De vuelta en la remada, nos desviamos hacia el río Tyndall. El caudal, reducido en esta
época, nos obligó a descender constantemente y remontar a pie con los kayaks amarrados a la
cadera o a la espalda, usando los bastones de trekking para ganar tracción.
Tras un par de horas alcanzamos el lago Tyndall. Cruzamos una pequeña sección congelada, volvimos
a los asientos y continuamos remando. La jornada había comenzado sin viento y bajo un sol
resplandeciente, pero a mitad del lago el viento en contra empezó a exigir la máxima concentración
en cada remada, en donde descansar significaba retroceder. Con la puesta de sol llegamos al extremo
del lago, dando por resuelto el primer día. Montamos la carpa en un buen lugar junto a la Flo
mientras la Maca realizaba un scouting del terreno para la mañana siguiente.

Día 2: Hacia el profundo azul del Tyndall
El plan inicial contemplaba avanzar tres kilómetros aprox. por la morrena para luego internarnos en
el glaciar. Sin embargo, el terreno resultó más complejo de lo previsto y siguiendo lo observado por
la Maca el día anterior, buscamos acceder cuanto antes al glaciar Tyndall. Al segundo intento,
logramos llegar a los pies del Tyndall con los esquís y trineos a la espalda, donde las mochilas
rondaban los 25 a 30 kg, cada pausa se agradecía.
Sorteando grietas, esperábamos el momento de liberar la espalda y pasar el peso a los trineos. Solo
pudimos hacerlo hacia el final del día y aún sin ponernoslos esquís. Con el sol ocultándose, sabíamos
que no habíamos alcanzado ni la mitad de la distancia planificad, el glaciar nos imponía su ritmo a
través de sus grietas. Armamos campamento, cenamos las comidas liofilizadas Gufo y nos
dispusimos a descansar.

Día 3: Grietas y más grietas
Con la intención de recuperar terreno salimos temprano. La rutina de desarmar campamento se
volvía cada vez más fluida, lo que era una novedad se iba transformando en costumbre. Amarramos
los trineos y poco después nos pusimos los esquís, el avance se volvió considerablemente más rápido
y el desgaste disminuyó al aliviar la carga de los hombros. Durante la marcha disfrutamos de un cielo
despejado, con decenas de montañas a lo lejos y múltiples agujas inescaladas: un escenario soñado
para cualquier montañista.
A lo lejos divisábamos nuestro objetivo, descifrando el glaciar que cambiaba de perspectiva a cada
paso. La única certeza era que más adelante, cerca del área prevista para acampar, las grietas se
reducirían. A pesar de las jornadas de 8 a 10 horas, la variedad de paisajes y la alternancia de técnicas
hicieron la travesía amena. Además, una que otra sorpresa iba apareciendo, como la Maca con sus
luces de navidad que instalaba en la carpa, dándole un toque hogareño a un lugar tan inhóspito.

Día 4: Rumbo al campamento base
Alcanzamos una amplia planicie donde el viento golpeó con fuerza desde la madrugada. Sabíamos
que sería una jornada más corta y que, de no haber imprevistos, llegaríamos al campamento base.
Una vez encordados, detenernos a comer o descansar dejó de ser una opción, el frío se hacía sentir
y el viento nos empujaba en contra. Debíamos mantener el rumbo hacia un punto donde las
montañas actuaran como barrera natural.
Frente a la última pendiente antes del descanso, surgieron complicaciones para cada uno: a la Flo se
le daba vuelta el trineo constantemente, mientras que yo caí unos dos metros en una grieta. Quedé
patas para arriba con los esquís puestos tras alcanzar a gritar ¡grieta! Por fortuna, un puente de nieve
inferior me sostuvo al darme vuelta y pude salir con relativa facilidad, donde más abajo se veía un
abismo profundo. Minutos después, Maca sufrió una caída parcial de la que se recuperó
rápidamente. Al llegar al sitio fijado para el campamento base, el viento persistía, lo que nos exigió
hora y media de palear nieve para construir muros de protección eficaces y dar el día por finalizado.

Día 5: Una pausa en la tempestad
Programamos la alarma a las 4:00 am, pero las ráfagas del oeste se mantenían intensas,
obligándonos a posponerla hasta las 5:00 am. Como la condición no cedía y los pronósticos indicaban
un cambio de viento favorable para el día siguiente, decidimos tomar la jornada como un día de
descanso. Aprovechamos la ocasión para celebrar el cumpleaños de la Flo con un almuerzo especial:
jamón serrano, queso camembert y edam, frutos secos y un brownie con una velita. Un pequeño
lujo dadas las circunstancias.

Día 6: Rumbo a la cima
Sonó la alarma a las 4:00 am y a las 5:15 am ya estábamos en marcha. Con el viento en calma,
intentamos avanzar rápido por el glaciar, pero la cantidad de grietas y la fragilidad de los puentes de
nieve nos obligaron a rectificar la ruta en varias ocasiones hasta alcanzar la base de la cumbre
proyectada. La vía presentaba una pendiente de nieve de 40° a 50° con una rimaya accesible.
A medida que ganábamos altura, cambiamos los esquís por crampones para adaptarnos a las
secciones de hielo. Mientras la luna se ocultaba, el amanecer tiñó de rojo las montañas circundantes.
Llegamos a un tramo de escalada, era un hielo similar al del volcán puntiagudo, entre nieve y hielo,
difícil de proteger en general pero aguantaba, una graduación AI3. Una vez hecha la reunión, mis
amigas ascendieron. El segundo largo continuó por una pendiente de nieve sencilla, pero en el tercer
largo, de unos 20 a 30 metros, quedamos frente a una gran grieta cortada por un puente de nieve
muy dudoso a la derecha.
Al evaluar la estructura, la única opción para cruzar parecía ser un salto de alto riesgo. Tanto la Flo
como la Maca manifestaron su desacuerdo ante la maniobra. Intenté buscar una alternativa por el
flanco izquierdo, pero la pared colapsó a los pocos segundos, dejándome al borde de una caída. No
había paso seguro. Con la cima a pocos metros, tomamos la decisión de desistir y organizar el
descenso. Entre desescaladas y rapeles regresamos hasta los esquís, encordándonos nuevamente
para descender esquiando con precaución entre las grietas.

Día 7: Evaluando la retirada
Nos despertamos cerca de las 9:00 am con los primeros rayos de sol. Realizar un segundo intento al
cerro o buscar otro objetivo era mi idea inicial, pero ellas prefirieron no volver a exponerse a los
puentes de nieve del glaciar. Acepté la decisión y fijamos el inicio del retorno para el día siguiente,
disfrutando la jornada de descanso y viendo la película “El último samurái” durante la noche.

Día 8: El inicio del regreso
Iniciamos la marcha a las 9:00 am. En una de las transiciones, a la Flo se le hundió una pierna en una
grieta y para cruzar la misma sección, tuve que arrastrarme de pecho con el objetivo de distribuir de
mejor manera mi peso. De vuelta en la planicie, acoplamos los trineos para aprovechar la suave
pendiente descendente sobre los esquís antes de pasar nuevamente al modo randonee. Maca tenía
problemas con su trineo, que continuaba volcándose. El calor se volvió tan intenso que terminé
caminando en polera.
Ya hacia las 16:00 horas, con el cansancio acumulado, Maca decidió sentarse sobre su trineo al estilo
“Mario Kart” y organizamos pequeñas carreras en los descensos, en donde en una de ellas tomé
demasiada velocidad y salí despedido de espaldas.
Flo sugería continuar la marcha para acortar tiempo y distancia, mientras que Maca y yo preferimos
acampar un poco antes de que se escondiera el sol. Con un descenso abrupto de la temperatura,
preparamos el campamento y derretimos nieve para descansar.

Día 9: El reencuentro con el agua
Desarmamos campamento con calma y nos pusimos en marcha a las 9:00 am alternando entre
esquís y trineos. Al llegar al escalón de hielo de unos 4 metros que habíamos trepado días atrás,
constatamos que la desescalada era arriesgada y al no hallar un desvío, hicimos un abalakov con
cordines de 5 metros para rapelar. Poco después cargamos el equipo a la espalda para continuar a
pie, hora de sufrir.
En el trayecto encontramos un colibrí congelado e intacto en el suelo, abatido probablemente por
las bajas temperaturas y el viento. La huella previa nos permitió avanzar con fluidez hasta la laguna
congelada, alcanzando los kayaks cerca de las 15:00 horas. Tras reordenar el equipo, comimos con
tranquilidad y disfrutamos la tarde sin presiones, su duchita a lo pajarito y comimos 2 cajas de
caracoquesos con la Maca, la Flo Cus Cus con salame y mantequilla. De postre, mango en trozos.
Mientras Maca y yo preferíamos extender la estadía en el lugar, Flo mantenía el deseo de concluir el
trayecto al día siguiente.

Día 10: Un final anticipado
Iniciamos la última etapa de remada. El día se presentó nublado y frío, en calma, pero con amenaza
de nieve. En el tránsito por el río Tyndall observamos truchas constantemente nadando cerca de
nuestras embarcaciones y flamencos volando en nuestra misma dirección. La corriente a favor
facilitó el avance hasta empalmar con el río Serrano, donde la fuerza del agua en contra nos obligó
a alternar tramos de remada con caminatas por la orilla.
Avanzamos bajo una fina nevada que comenzaba a acumularse en los hombros. Poco a poco,
divisamos el punto donde habíamos dejado el vehículo. Toda la logística, la incertidumbre y el
esfuerzo físico llegaban a su fin.
Mirando hacia atrás, entiendo que la cumbre que nos propusimos era solo el motivo para juntarnos
después de tantos años. La verdadera exploración no radica únicamente en pisar el punto más alto
de un mapa, sino en la capacidad de adentrarse en lo incierto, aceptar la vulnerabilidad frente al
territorio y comprender cuándo la montaña exige dar un paso atrás. El éxito de la expedición no
quedó registrado en un altímetro, pero en el privilegio de haber recorrido, durante diez días, una
Patagonia salvaje e indiferente a nuestros planes.
¿Volveremos? Solo el tiempo lo dirá.

