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Apartate de mi Vil Parte

Septiembre es un mes cada vez más extraño, un mal intento de transición entre un frío que no se va y un calor que no llega. Un mes de festividades para unos, de nacionalismos para otros, y de nuevas oportunidades de masoquismo disfrazada de “colaboración comunitaria” para unos pocos. Yo no soy masoquista pero Ale sí lo es, y mi lado sádico se alinea bien con su masoquismo, así que para hacerlo sufrir bajo el peso del taladro, las chapas y las ganas de dejar un legado de acero en la roca, le acompañé aquel día a darle un pequeño barniz de seguridad a un terreno de por sí inseguro.

3 Chiflados es una ruta con su propia historia, una aún no perdida por completo en el tiempo. Una que tiene como conducto a una chimenea, que nace un poco más arriba de los primeros 80 metros de la base de Placa Roja, y continúa esquivando el conocido filo norte de la misma hasta estrellarse contra este, poco antes de llegar a la cumbre.

Carlos Fuentes, Ramiro Ovalle y Darío Arancibia abrieron, o más bien nos precedieron en esta ruta por allá el 1994. Nombres relevantes en esta historia porque de su voluntad dependía el ponerle reuniones con chapas, porque así funciona la cosa oye, no es llegar y ponerse a taladrar, los aperturistas siempre tienen voz y voto en este entuerto.

Darío, antigua deidad griega de la escalada milenaria, fue quien finalmente apuntó su calloso dedo y nos escupió su “vayan cabros”. Cubiertos de tan sagrada saliva apretamos nuestros exiguos bolsillos, los de mi club, mis amigos y los amigos de Ale, para que nos ayudaran a juntar las lucas y conseguir el material para equipar. Así cambiamos las lucas por chapas, cambio del que aún no estoy convencido de que salimos ganando, pero que no importa porque colocadas están, pero me adelanto.

Y antes de seguir debo nombrar, por una palabra más larga que Ale, a mi sherpa taladrador carga mochila e insultador semi profesional Kevin Alejandro José Francisco… José Francisco…. Lara. Insigne guía e instructor local que tuvo la idea, y luego las fotos adecuadas con que extorsionarme para seguirlo hasta allá. Maldito Ale, todo fue culpa tuya.

El sherpa, antiguamente conocido como Ale, con mil kilos en la espalda, me siguió aquel día a pie hasta donde nace Placa Roja, para luego seguirme trepando hasta donde empieza 3 Chiflados, y colocar allí la primera reunión, yendo después a aventurarnos en el tradicional traverse aprieta cachete que da acceso a la chimenea que nos ahumaría el resto del día.

Debo reconocer que nunca sentimos el fuego, ni el humo se anunció durante el día. Los siguientes 4 largos transcurrieron sin más sorpresas que una que otra roca amante de la gravedad, y el ruidoso taladro horadando la dura andesita que se oponía una y otra vez a nuestro afán perforador.

Pero es septiembre, así que el sol no nos alumbraría todo el día, y el atardecer empezó antes que su luz dejara de acompañarnos, primero al hacer que las baterías del taladro escupieran sus últimos electrones, y después con las radios, obligándonos a usar nuestra masculina voz para insultarnos instrucciones mutuamente, para cuando el sol se había esfumado ya.

No lo supimos sino hasta mucho más tarde, pero junto con la noche llegaron dificultades que ni la roca ni el esfuerzo nos obligaron a manejar. Cuando finalmente logré salir del último largo, habiendo dejado muestras significativas de jugo en la ruta, directo a armar la reunión para asegurar a Ale, mi rostro se empezó a iluminar con un láser verde.

¿Su origen? Una persona que nos gritaba desde el cercano almacenamiento de yeso conocido como “la Yesera”. Mi imaginación supuso que creyó necesitábamos ayuda, lo cual era una pena porque no estaba en capacidad ni de responderle ni de bajarle la ansiedad, mi principal  preocupación de ese momento era un escalador quejándose a cada paso con todo el peso que llevaba encima. A estos sherpas ya no los fabrican como antes, maldita generación de cristal.

Una vez que Ale estuvo en la reunión empezamos el descenso, ya de noche, por la ruta normal. Lo que debo admitir rara vez es de mi agrado, porque la positividad no va conmigo, ya que ni Coelho ni el universo conspiran a mi favor. Y en mi experiencia, en ese tipo de terreno la cuerda tiende a quedar atrapada, que fue exactamente lo que nos sucedió 2 rapeles más abajo. Cuando mi cara de incredulidad seguida de una expresión de odio inmisericorde reflejó lo que vino a continuación: escalar hasta donde estaba atascada y luego desescalar a oscuras.

Nuestro amigo linterna verde no se había quedado quieto, y la luz del láser fue sustituida por la baliza de carabineros, que gracias a la negrura de la noche destacaba en medio de la Yesera, anunciando una espera que ya no lucía tan grata.

Y llegamos al suelo, tras 14 horas en la pared, cansados, sucios y con pocas ganas de seguir bajando el cerro. Pero la gravedad y el hambre todo lo pueden, y nuestros pasos pronto estuvieron anteponiéndose uno a otro camino al auto… o eso queríamos creer, porque las luces y las voces de un grupo de personas que salía de la Yesera se acercaban a nuestra posición.

Por unos leves instantes pensé en apagar mi linterna y dejar que el grupo que nos buscaba siguiera haciéndolo por el resto de la noche, no tenía certeza pero me olía a complejidades que no quería. Mi maldita conciencia me hizo responder a sus gritos intentando contactarnos y esperarlos hasta que llegasen hasta nosotros. Para ser sincero, esa vez debí escuchar a mis pensamientos intrusivos antes que a mi conciencia.

Botas militares, pantalón de camuflaje, polera manga larga a dos tonos y parche con su nombre. ¿Gope eres tú?… Nope, era un grupo de rescate del Cajón del Maipo, yendo a reconocer si esas pobres personas en desgracia que colgaban indefensas en la pared necesitaban ayuda. No, no necesitamos ayuda weon tonto, pero no te lo iba a decir en la cara, maldita buena educación.

Y aunque sé que no está bien llamarle weon tonto a quien vino en medio de la noche a ayudarte, no hacer caso de nada de lo que dije, llevarnos por el peor camino posible existiendo uno de auto, e intentar que saltáramos un cerco con el cansancio de 14 horas de escalada, solo para “aclarar las cosas” con carabineros, que estaban cómodamente esperándonos en su patrulla, no contribuye mucho a considerarlo candidato a un premio Nobel.

Carabineros aguardaba entre las brasas de nuestra desgracia con una amplia sonrisa, y la primera frase divertida de la noche: “están acusados de invadir propiedad privada”. Mis orejas llegaron a doler sosteniendo la sonrisa cuando escuché la primera acusación. Con mi tono más pacíficista les dije que estaban equivocados, que si tal cosa fuese cierta las cámaras que rodeaban el perímetro cercado de la Yesera nos habrían captado saltando sus cercos, y la historia sería una muy distinta.

Presumo que no le gustó mi tono, ni la verdad de mis palabras, porque después de deliberar un rato con otro carabinero nos dijo que además habíamos violado una norma local, no dejando una declaración en carabineros sobre la actividad que íbamos a hacer ese día. Declaración que yo conocía pero que dice expresamente “aviso de expedición”, y que no correspondía a la actividad que hacíamos ese día.

Nos entregó el parte, nos leyó la norma a solicitud nuestra, y para nuestra sorpresa decía que cualquier actividad de montaña debía ser declarada en carabineros… Pero también decía que quienes tuviesen la formación y equipo adecuado podían realizarlas. Después de quejarme de lo injusto de la aplicación de la norma, que implicaba un monto de casi 280 mil para cada uno, nos dejaron en la carretera, masticando la rabia mientras avanzábamos entre las sombras hacia nuestro auto.

Durante las semanas que siguieron, previas a visitar el juzgado, nos acompañó la ansiedad y la ignorancia, la de la peor clase, la nuestra. Ignorancia que en mi caso el último día de la semana ayudó a desaparecer. Domingo Ibáñez, insigne abogado de mi club, hizo que mis palabras sonaran convincentes ante quien vería nuestro caso, el magistrado del JPL de San José de Maipo, el gigantesco monstruo de enormes fauces y manos callosas que sujetaba con firmeza nuestras gónadas. ¿Y Ale? Bien gracias, Ale también consiguió ayuda y llegó al mismo fin, su propio escudo antidragones.

Llegó el día de la audiencia, fuimos con nuestra mejor pinta semiformal de montaña, con una sonrisa ensayada y toneladas de paciencia, que no estuvo demás llevar. Llegamos entre los primeros al Juzgado, pero nos dejaron para el postre, no tanto para incrementar nuestra ansiedad, que es lo que mi atormentada imaginación suponía, sino porque éramos novedad para las funcionarias y el magistrado. Y la novedad era que éramos todos primerizos, ellos aplicando la norma y nosotros estrenándola.

El magistrado resultó ser una voz sin rostro con quien las funcionarias en su infinita simpatía se intentaban comunicar, para poder plasmar en papel y ante nuestras personas los siguientes pasos a seguir. Pero la empatía no era lo suyo y una vez supo que teníamos nuestros escritos listos y entregados, nos mandó a volar.

Las funcionarias, a quienes enternecimos con nuestras tristes historias de abandono parental, rupturas amorosas, cánceres terminales e infinitas deudas más grandes que todo el CAE junto, se encargaron de darle un empujón a nuestra esperanza, al leer nuestros escritos con un guiño y un pulgar arriba.

En menos de dos semanas estábamos liberados de toda multa, exonerados según la glosa legal, lo que cerró un proceso que nunca debió haber empezado, porque tal y como demostramos, no estábamos en falta. Y ahora, de forma muy madura, declamo — con el puño cerrado y el dedo medio extendido — “inserta este parte infecto en ese oscuro lugar que llamas raja.”

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