Primer ascenso Punta Manzanilla

Durante el ascenso a la cumbre de la P3740 estábamos decididos a denominarla Punta Correa en “honor” a la correa del motor que se cortó en la subida. Lo más probable es que generaría confusión con el apellido. Había un consenso claro en ser un poco más original que Cerro Amarillo, Morro Negro, Portillo, Diablo, etc. nombres tan repetidos como río Blanco o Chorro de la vieja aquí en los Andes Centrales. Cuando llegamos al punto más alto, ninguno de los 3 tenía una bandera para celebrar el ascenso, pero sí una servilleta del 18 con su forma, era el Punta Servilleta.

Sin embargo, tiempo después de la ascensión encontramos que ese nombre no guardaba relación alguna con el cerro en sí, así que en respeto a la tradición en la geografía andina preferimos nombrarla por la forma de su cumbre, y ya que se encontraba en el Cajón de Flores decidimos bautizarla como Punta Manzanilla.

El ascenso nace en la búsqueda por descubrir nuevas cumbres y volver a sentir el montañismo como deporte de exploración. Conversando en un asado montañero con Daniel Pérez sobre cerros sin ascensos, que aparecen en el mapa solo como un número, me comentó sobre el Cajón de Espinosa en el cual había muchas cumbres aun vírgenes. Más tarde, registrando la carta IGM descubrí el pequeño Cajón de Flores, al poniente con 2 o 3 cumbres de entre 3500 y 3800 metros, que bajaba al valle de Las Leñas (VI Región). No es el que se llega por Pangal, en el que se encuentran el Nevado, Torre y las Puntillas de Flores. Las cumbres podían alcanzarse sin pasar por muchos farellones rocosos y sin duda eran el lugar perfecto para subir algún fin de semana de la temporada.

 

El cajón y cordón de Flores

Aprovechando los feriados dieciocheros, y considerando que en esa fecha gran parte estaría cubierto de nieve nos embarcamos Jorge Rodríguez y yo un viernes 18 de septiembre en la tarde desde Santiago y llegamos a dormir junto al Puma Lodge (1400 m). Al día siguiente partimos bien temprano avanzamos 12 km hasta la entrada al Cajón de Flores (1800m). Este nos recibió con una gran avalancha en su base. El ascenso fue algo tortuoso por lo irregular de la nieve, en algunos tramos (bien cortos) la nieve estaba dura y pasos más allá nos hundíamos hasta la cintura. A eso de las 5 pm encontramos una planicie que nos era algo más confiable donde instalamos nuestro campamento a 2700 m.

Jorge abriendo huella casi llegando donde armamos el campamento.

Durante la noche escuchamos bastante caídas de material. La madrugada siguiente amaneció cubierto de nubes, había poca visibilidad y avalanchas más probables que improbables. En toda libertad escogimos ser cobardes y no continuar. Fue una sabia decisión ya que cuando volvimos en diciembre encontramos restos de avalanchas que cruzaban a lo largo de todo el cajón. Muchas de ellas no estaban en septiembre y una era bastante grande: tenía unos 600 metros de largo y unos 40 de ancho.

Parte de una de las avalanchas (foto de diciembre).

Las ganas por explorar las mismas cumbres no cesaron y el primer fin de semana de diciembre (al fin de vacaciones) regresé a la revancha. Esta vez el equipo lo integrábamos Julián Sánchez, Manuel Guerrero y yo. Mención especial para Diego Salas quien tuvo que bajarse a última hora de la salida de “Los Leñadores” como nos llamaríamos después. La gran novedad fue poder llegar hasta la entrada del cajón en el legendario Land Rover Series II rojo de los ´60s de Julián.

Listos para partir

Luego de varios whatsapps de coordinación retrasando la salida a las 10 am dejamos la capital y partimos al sur a la cordillera de la VI. A la salida de Santiago sentimos un ruido en el motor: se había cortado la correa auxiliar de la dirección. Buscamos una de repuesto en todo Buin, pero como era domingo estaba todo cerrado. Entonces, Julián dijo que en realidad no importaba mucho, que podía aguantar hasta Rancagua. Allí tampoco encontraríamos la correa por lo que finalmente subimos sin ella confiando en nuestro chofer. Poco antes de llegar al punto donde comenzamos a caminar Julián sintió otra falla: esta vez eran los frenos. Eso nos dejó bien preocupados por el largo regreso.

La entrada al cajón de Flores

Esta vez el inicio del valle lo llenaba la gran avalancha de septiembre, también matorrales y muchos tipos de flores silvestres que hacían honor al nombre del cajón. Una vez que ganamos un poco de altura encontramos el valle aun con muchísima nieve en perfectas condiciones desde los 2000m hacia arriba y sin interrupción.

El atardecer cerca del campamento

Con un atardecer espectacular armamos campamento en la misma planicie a 2700m. Mientras cocinábamos dentro de la carpa (tal como lo recomienda el fabricante) tuvimos una larga discusión de a qué hora debíamos partir al día siguiente. Pusimos muchas alarmas (ya no recuerdo a qué hora) la cosa es que salimos del saco varias horas más tarde de lo presupuestado. Tomamos un buen desayuno y partimos a eso de las 10 de la mañana, tal como el día anterior.

Junto a la carpa había restos de una de las tantas que inundaban el cajón. Atrás la ruta en rojo

Al poco andar nos encontramos con otra gran avalancha que venía del fondo del cajón por donde queríamos subir; las laderas aún tenían cortes en sus neveros por lo que decidimos ascender por una ladera lateral, y luego hacer un largo traverse por laderas más seguras.

Empezamos a subir por nieve de muy buena calidad, lo que se mantuvo casi todo el día. Luego de casi una hora, comprobamos que el nevero por el que pensábamos subir era atravesado por una cascada de agua. Así que preferimos subir más a la izquierda por una pequeña pared de roca que resultó bastante positiva, con rocas no muy sueltas y con buenos agarres, osea mucho mejor de lo esperado. No andábamos con equipo para asegurar y tampoco sentimos que era necesario.

Manuel un poco complicado en el crux del gateo

En la carta aparecía una mancha azul chica. Manuel y yo pensamos que tal vez era una laguna, pero era demasiado chica, quizá era una simple falla de la impresora. Así que le hicimos una apuesta a Julián (escéptico de la laguna). A eso de las 2 y media de la tarde nos encontraríamos con un pequeño circo (a unos 3400m) y en la parte más baja estaba la laguna. Si no fuera porque estaba congelada Julián hubiese pagado la apuesta con un piquero.

La laguna congelada

De todas formas, hicimos un largo rodeo a esta. Poco después aparecieron las caras de que tal vez era muy tarde, que podíamos volver al día siguiente más temprano, pero dado que solo nos faltaban unos 300m de desnivel decidimos hacer el último pequeño descanso y continuar hasta la cumbre, eso sí, por laderas y canaletas cada vez más empinadas.

Final de la canaleta

Llegamos a una canaleta que creíamos daba directamente a la cumbre. Al llegar arriba al filo cumbrero tuvimos una gran vista a la zona. Solo faltaba descender un poco evitando zonas expuestas y las cornisas y finalmente atacar la ansiada cumbre.

Los últimos gateos

Hacia el norte aparecía una hermosa cumbre muy erguida, casi propia de los alpes suizos. Era casi perfecta.

Falsa cumbre

Miramos hacia el sur y vemos otra cumbre de esas redondas, muy amplias (casi como la del Plomo o el Provincia), en definitiva mucho más fea y menos desafiante. Y bueno, era unos pocos metros más alta que la primera. Eso no nos quitó las ganas de hacer el último esfuerzo y llegar a la verdadera cumbre.

Cumbre Punta Manzanilla

Eran las 5 de la tarde cuando alcanzamos el punto más alto del recóndito y desconocido cajón de Flores, en el corazón de los Andes de la Región de O’Higgins. Miramos por todos lados alguna evidencia de visitas anteriores, pero no había nada lo cual era muy probable. Era un primer ascenso entonces. Solo teníamos una servilleta con la bandera de Chile así que el nombre de la cumbre salió de inmediato: el Punta Servilleta. Finalmente como contamos en un principio, preferimos un nombre más vinculado a esta pequeña cumbre. Con los manchones de nieve y su forma redondeada y la nieve a su alrededor se asemeja bastante a la típica flor que además hace honor al nombre del cajón.

Falta poco! Atrás las cornisas del filo cumbrero

La vista era increíble, hacia el nor-este aparecían entre las nubes (era bastante tarde ya) muchas puntas aun desconocidas del cajón de Cachapoal y Las Leñas, a lo lejos se veía el cordón de Manantiales y ya hacia el sur poniente el cordón de granito, Hernán Cruz, el cerro Cotón y muchos otros. Más al sur estaba el legendario volcán Palomo; al fin podíamos verlo cara a cara el famoso volcán rodeado de sus glaciares (Palomo, Cortaderal) que junto a otros (Cipreses, Universidad, Mañke, Cotón, etc.) forman el gran conjunto de glaciares más largo fuera de los Campos Patagónicos (de unos 30-40 km de largo).  

Al fondo, el Palomo y el cordón de granito

El testimonio escrito en la misma servilleta lo envolvimos en bolsas ziploc y lo metimos debajo de una pirca que armó Manuel.

Testimonio

 

La bajada fue bastante lenta al principio (en las partes empinadas) y después mucho más rápida con varias bajadas deslizándonos en auto-detención que disfrutamos mucho.

Bajando en dirección noroeste

Una vez en la carpa decidimos no hacer el intento al P3696 al día siguiente ya que la vuelta en el auto con los frenos malos podría tomarnos más tiempo del presupuestado y también, estábamos bien cansados.

La bajada del campamento al auto fue rápida, nos tomó solo un par de horas. Estábamos felices de llegar al auto. La alegría aumentó cuando empezaron a funcionar mejor los frenos. Fue un largo viaje que valió la pena, tras una salida bastante poco convencional con un nuevo primer ascenso. Nos quedó pendiente subir un cerro cercano para tener una foto completa, tal vez desde la misma P3696 o algo más al oriente.

P3511, otra punta probablemente sin ascensiones todavía

El valle de Las Leñas ofrece muchas oportunidades como estas; tiene hartos cajones muy poco visitados, lo que hace un ascenso más desafiante.

Muchas gracias a Daniel Pérez, Jorge Rodríguez, Rodrigo Namur (por su incondicional ayuda con el equipo) y a nuestra familia y amigos que nos apoyaron en esta salida.