Los 17 días: Expedición a Nevado el Plomo y Risopatrón

  1. La titánica tarea de  la preparación (permisos complicados- documentación-itinerario- ¿Qué equipo?)

El Nevado del Plomo es uno de los seismiles de más difícil acceso en Chile. La dificultad de su ascensión no es tanto técnica como física;  la aproximación de 30 km por el gran Valle Olivares hasta los pies de la Loma Rabona y los pasos intrincados para llegar desde aquí a la base de esta gran mole pueden tomar tres o cuatro días de itinerario y un desgaste muscular considerable. A esto se suma el permiso que es necesario obtener de Bienes Nacionales, cuya limitación más grande es el plazo máximo de estadía de cinco días. Después de intentar explicar que nuestras exploraciones iban por lugares más recónditos que no se encontraban en el trekking habitual, decidimos pedir el permiso por los cinco días e incursionar de todas formas por otros 12 más. 

 

Lo anterior fue solo el paso final. La organización de una expedición al valle tomó mucho tiempo y energía. Nuestro plan inicial era encontrar una variante en el Risopatrón y ascender luego el Nevado del Plomo. Más tarde, en terreno, nos dimos cuenta que el plan de ascender dos montañas cercanas a los 6 mil sin que compartan el mismo campamento base era una idea un tanto alocada. La documentación acerca del lugar es escasa y la única ruta registrada del Nevado del Plomo data de la expedición de la Rama de Montaña de la Universidad de Chile (RAMUCH) el 2005. Los relatos de antiguos exploradores describían glaciares y penitentes de inmensas proporciones que dificultaban la progresión, aunque nosotros ya sabíamos que la gran aceleración del derretimiento de los glaciares había cambiado bastante el terreno. A este respecto, de gran ayuda fueron las conversaciones con Álvaro Vivanco, presidente del DAV y conocedor de la zona, y Jozsef Ambrus, montañista y escalador que tiene entre sus cumbres al Risopatrón, montaña contemplada en nuestro itinerario. Con todos estos datos previos sobre las dificultades del terreno y las posibles rutas exploratorias, comenzamos la titánica tarea de organizar una expedición.

 

Con nuestra poca experiencia en salidas largas y exploración en altura, confiamos en varios supuestos sobre cantidad de comida, equipo necesario, número de días contemplados y el peso resultante de estos tres factores. Compramos algunos elementos necesarios del equipo como una carpa de ataque, aunque otros vinieron de la mano del club, como el Inreach y las cuerdas dobles. El listado entero del equipo está adjunto al final del relato. Con tres días posibles de descanso, nuestro itinerario de 17 días (adjunto también) requirió 40 kg aproximadamente en equipo y 15kg de comida de cordada. Dispusimos todas estas cosas en tres mochilas y un duffel de 120 litros que el famoso arriero Marcelino Ortega llevó los primeros y los últimos días de la expedición. Desde la laguna, teníamos contemplados dos días enteros para acarrear nuestras cosas al campamento de los españoles, rogando porque esas 10 horas contempladas en Andeshandbook no fueran tales. 

 

2. Primer día, primer error (porteo a campamento los españoles- vivac indeseado)

La consideración del tiempo para el porteo fue nuestro primer error. Después de dos días en compañía de Marcelino trasladamos alrededor de 20 kg en la primera jornada de porteo. El tramo contemplado era terreno conocido a través de fotos y algunos videos sobre la complejidad de la exposición del paso inicial de roca, lo demás era misterio. En esta situación, aprendimos más tarde que se hace más práctico hacer pequeños porteos intermedios de dos a tres horas para hacer un estimado de los tiempos hasta el campamento si es que la noche cae. Unos días después aprendimos que también es importante considerar el peso de la mochila en exploraciones arriba de los 4000 msnm, ahí la puna aprovecha de atacar.

     Fig 1. Valle Olivares

 

Salimos a las 4.45 am ese día esperando una jornada extensa. Los primeros pasos de roca nos mantuvieron alerta aunque en dos horas logramos en diversos trepes llegar a la parte superior de la pared.  Unos cuantos metros más arriba de la loma de salida encontramos el refugio y saltamos de alegría en nuestro inocente optimismo, esto significaba que íbamos por buen camino. Las horas que siguieron al refugio nos quitaron las sonrisas. Lo que seguía constaba de una serie de lomas con vegetación cada vez más escasa y varios paredones pequeños de roca que debíamos sortear. La ubicación de nuestro siguiente waypoint “Camino al campamento” nos indicó que debíamos seguir por la loma más próxima. Al paso, rápidamente el suelo yermo se transformó en acarreos de tierra suelta y otros terrenos más duros con pequeñas rocas intermedias. Estuvimos ocho horas intentando avanzar por un terreno altamente inestable que nos hizo caer a ambos y arrastrarnos hasta que alguna parte de nosotros (o nuestros piolets) se enganchaba en algo. Cuando ya las piernas no daban más, decidimos seguir unos metros al oeste, donde encontramos un plateau para descansar y reponer los ánimos que llevábamos a rastras. Ahí, a los pies de una loma, el waypoint del campamento de los españoles se mostraba bastante cerca. Con un par de intentos más por los acarreos cercanos, divisamos en dos horas flores brillantes y una zona plana con tarros a la orilla de un río ¡qué alivio! La carpa fue una buena ilusión de refugio. Una vez instalados, no tuvimos más opción que prepararnos para una noche fría sin más abrigo que nuestras mochilas y la ropa puesta.

Fig 2. En medio del acarreo, de fondo Gran Salto y Loma Rabona

 

3. ¡Explorando se dan muchas vueltas! (La vaca rompehogares- Intentos en el Risopatrón- hielos disueltos)

La exploración de nuevas rutas puede, muchas veces, contemplar un camino de vuelta también incierto. Cada vez que llegamos al campamento nos tomamos un tiempo para pensar en las alternativas que tuvimos; los obstáculos que cansaron, frenaron, o truncaron nuestro plan inicial. El día después del porteo nos tardamos cinco horas en bajar, al irnos un poco más al oeste de nuestro fallido intento anterior. Ya hacia el final de la expedición el retorno del Nevado del Plomo también fue considerablemente más rápido y corto al caminar más pegados al glaciar. El optimismo de haber descubierto un atajo (nuevamente) fue abatido al presenciar, solo unos metros más arriba de la laguna, que una vaca se había enredado en los vientos de la carpa. Varias varillas colapsaron naturalmente ante semejante tonelaje. Cuando llegamos, pudimos arreglar precariamente la casa con duct tape y la tensión de los vientos. Afortunadamente esto resistió nuestras exploraciones posteriores. Al otro día pudimos completar nuestro porteo y confirmar el camino de vuelta en un tiempo de siete horas. Con satisfacción llegamos a la carpa con nuestros sacos y colchonetas y pudimos disfrutar de una comida abundante y tiempo extra para explorar la base del Risopatrón, sólo un kilómetro o dos más allá del campamento base. 

Fig 3. Vaca rompehogares

 

Subir las suaves lomas que rodeaban la pequeña cuenca que rodeaba nuestro campamento nos permitió descubrir una planicie rocosa y la increíble panorámica de aquellos cerros al este del Cerro El Plomo: Nevado Olivares, Paloma, Altar, Picarte, Federación, Osiecki. A medida que avanzamos en el itinerario descubrimos primero los atardeceres más alucinantes con los últimos rayos que difractaban en una esquina del Altar y, mucho más adelante, el Punta Amistad y el majestuoso Juncal por su cara sur. Ya a los 4000, la poca oxigenación y el paisaje monocromático nos hizo sentir en Marte; inmediatamente al noreste apareció el Risopatrón con penitentes vigilantes de las laderas y varias aristas que nos tomamos el tiempo de identificar. La canaleta más próxima al filo cumbrero tenía escasa nieve y se observaban lugares potenciales de caída de material. Observamos una planicie a la cota de unos 4500 msnm aprox y tomamos la decisión de al otro día asentar campamento. Dos días más tarde, con dos exploraciones fallidas, nos tumbaríamos a un costado del glaciar con las manos vacías.

Fig 4: Vista del Valle desde Campamento Los Espanoles

 

Una vez que avanzamos más al norte, nos dimos cuenta que la planicie que habíamos visto desde el sur tenía un acceso al filo rocoso aunque no así a la arista más al este que pretendíamos vadear. Nuestro segundo intento fue encontrar un paso entre el glaciar y las paredes de roca cercanas al Risopatrón.  El estado actual de los glaciares no nos favorecieron; hoy son versiones bastante disminuidas de los monstruos de hielo que relatan los primeros exploradores. A lo lejos, nos saludaba puntual en las tardes una columna de humo gris proveniente de la Mina Andina. Los vestigios congelados y embetunados de barro del Risopatrón hacían más difícil la progresión. Estas condiciones del terreno no mejoraron cuando nos movimos al campamento base del Nevado. Las capas de tierra eran engañosas y unos cuantos resbalones nos indicaron que estábamos pasando por morrenas más descubiertas. Esto se puede evitar acercándose lo más posible al glaciar con cuidado de dejar espacio a la vuelta para cruzar el estero Risopatrón. 

Fig 5. Vista desde CB Risopatrón

 

4.  A rebotar y seguir (decisión de rebotar en el Risopatrón- Punas mentales- Esos pocos días de descanso) 

 

La decisión de dejar de intentar encontrar una nueva ruta tambaleó a medida que ámbos sopesábamos todos los factores. Con dos intentos fallidos nuestra creatividad ya se había agotado, y con nuestro itinerario y nuestros músculos apretados  vislumbramos mayores probabilidades en el Nevado del Plomo con track y un día de descanso intermedio. A esas alturas de la expedición, el cansancio de altura era algo difícil de quitar y pusimos nuestras energías restantes en tomarnos un poco más de tiempo para subir la próxima montaña. No sin pesar aceptamos nuestros deseos de volver al menos con una cumbre, la cereza de la expedición y un pequeño éxito para contar.

Fig 6: Estado del Glaciar Risopatrón

A medida que avanzábamos, mi pésimo cálculo en ración de marcha hizo que los pensamientos pesaran. Empecé a tener discusiones profundas conmigo misma y mis inseguridades llevaron a que mi cordada tuviera varias veces que sostenerme emocionalmente para poder seguir adelante. Tomaba descansos de 15 a 20 minutos frecuentemente y un rosario de dudas me asaltaba si me tocaba encontrar el camino. La falta de los síntomas de  dolor de cabeza y mareo confundieron inicialmente lo que después fue nuestra conclusión definitiva: era mi original forma de apunarme. Los lloriqueos en otros cerros de altura anteriores habían pasado desapercibidos.

 

Los días de descanso fueron pocos. Un día completo tuvimos después del Risopatrón, otro día en el campamento alto del Nevado del Plomo. Los demás días variaban en intensidad, kilometraje y desnivel, aunque nunca constituyeron, para mí, un descanso verdadero. Cada vez que tuvimos un poco de luz aprovechamos de limpiarnos con el agua helada del arroyo cercano y revisar las magulladuras de los pies. Nos dejamos nuestros espacios personales pero también pasábamos largas horas contando anécdotas, escuchando música y masticando nuestras jornadas anteriores. Las mañanas eran frías y, apenas salía el sol, la radiación y el viento del valle tenían un efecto febril e incómodo como para estar en la carpa. Por aquellos días, las altas temperaturas duplicaron los esteros y ríos, el torrente de los glaciares llevaba mucha tierra y estruendo de las piedras que eran arrastradas. Ya muy entrada la noche las aguas aclaraban. Finalizado el día oficial de descanso, estábamos nerviosos por la siguiente parada.

 

5. Apretujados en la cordillera (el campamento de hielo- ascensión al campamento alto- se abre un río)

Soñé esa noche que yo era importante, una de las autoridades más involucradas en la organización de la celebración del día del hombre. Cuando desperté reí sarcásticamente, “como si fuera necesario” pensé. Ya temerosos de nuestras expectativas optimistas, nos movimos callados al costado del glaciar con dirección norte. El calor era apabullante y cada vez que nos hundíamos en una loma de morrena se sentía como caminar en los estacionamientos de Santiago. En 10 horas llegamos al waypoint que indicaba el campamento base, una lástima que se encontrara en medio del glaciar. Los desvíos anteriores ya nos habían dado pista que todos los waypoints estaban desplazados, así que observamos el área en busca de buenos lugares para un nuevo campamento base. Encontramos una planicie cercana al cerro, a unos 3 km del inicio de nuestro camino al campamento alto. Comimos un poco y reorganizamos las cosas para una ascensión esperada en dos días, dado el pronóstico recibido por Inreach. Ahí dejamos una comida liofilizada y varias cosas que luego extrañaríamos.

 

En la madrugada del otro día, avanzamos a tropezones por las rocas de las morrenas y los molestos penitentes. El amanecer nos reveló la gran cara sur del Juncal y sus 3 cumbres, los acarreos infinitos de nuestra montaña también se iluminaron al oeste y siguió nuestra resignación. La subida comenzó y se prolongó por zigzags de termita y pequeños pasos de roca en los que no era necesario asegurarse. Cansados manteníamos la motivación cada vez que pasábamos 100 metros. Cuando llegamos a los 4900 metros empezamos de nuevo con nuestro optimismo irritante, imán de la mala suerte. ¡Ya estamos llegando! Pero seguíamos avanzando y el acarreo era más resbaloso, las rocas más quebradizas y el grandísimo sol ya pegaba de pleno en la cara norte. De un instante a otro vimos cambiar el paisaje, se escuchó el correr de piedrecillas por una canaleta de barro vacía. Seguimos avanzando. El abrir de un grifo. “¡Cuidado!”,grité a Damir que iba más adelante. A nuestro alrededor se abrieron esteros, el más cercano arrastraba material con un chorro de agua turbia. Seguimos subiendo con la desesperación de pasar rápido el único trecho posible para llegar hacia el supuesto lugar del campamento. Cruzamos rápidamente el río naciente y una lluvia de proyectiles rocosos caían de tanto en tanto desde arriba. Al impacto de uno de ellos en mi mano, el miedo me invadió por completo. Estábamos perdidos, el camino se hacía difícil y sentí que ya no podía más con tanta sentadilla en acarreo. 

Fig 7. Acarreo a Campamento Alto Nevado

Miramos el GPS, estábamos a 100 metros de distancia y a la altura del waypoint del campamento. No había nada. Más desesperación. Hicimos una pausa en medio del camino para tomar unos geles energéticos y reponer el ánimo, yo ya había roto en llanto. Seguimos subiendo con mucho esfuerzo sin encontrar más que pendientes y columnas grandes de roca. En un descanso, Damir exploró hacia el sur donde se abría el terreno con seguridad. Yo seguí y reconocí algunas estructuras de la foto de cámara digital del 2005 que estaba en AHB. Me puse contenta ¡Es ahí! Y seguimos camino arriba ya lejos de los esteros asesinos. El GPS marcaba los 5200 msnm y a simple vista no encontramos mucho, miramos para abajo y divisamos una plataforma, bastante estrecha pero suficiente para nuestra carpa de dos personas, qué alivio.

 

Con el campamento armado pasamos 2 horas picando nieve y derritiéndola en la cocinilla. Llenamos los termos y nos tendimos exhaustos en la carpa para dormir apretujados entre las mamás montañas. En mis sueños me acompañaron aves gigantes con plumajes de colores, todo era brillante. La alarma sonó a las 6 am y yo desperté sin haber descansado nada, con la boca seca y sin ganas de seguir subiendo por ese terreno infernal. Llegó un nuevo reporte del tiempo de nuestro contacto, era factible posponer nuestro ataque a cumbre. Decidimos pasar un día extra en el campamento, a sabiendas que pasaríamos un poco de hambre, pero con la delicada esperanza de conseguir nuestro día de cumbre.

Fig 8. Campamento alto Nevado, al fondo Juncal por cara sur

 

7. La cumbre- (nos separamos- la sopa de la celebración- pisadas misteriosas- tormentas para terminar)

Mi capacidad de recuperación fue precaria, la mañana del siguiente día me sentí igual que el anterior. Comencé la marcha detrás de Damir sin darle muchas vueltas al estado onírico en el que estaba. Una rueda de pensamientos se sucedía entre las hebillas del casco que apretaban, el ir y venir del pasamontañas entre los mocos y el paso del frío por mi nariz y el crujir de los zapatos de mi compañero. La expresión máxima de mi puna mental se dio cercana a los 5300 donde, en un descansito de la roca los pies se me descongelaron y en un suspiro final le confesé que no podía más. “¿Entonces bajamos?”, dijo mi cordada. “Ni cagando”,pensé, para todo el esfuerzo que hicimos, un gran logro de cordada era que al menos uno de nosotros llegara a la cumbre, ya lo habíamos hablado y habían radios dispuestas para acompañarnos. Confié plenamente en él y le pedí también su confianza para poder bajar sola hasta el campamento. 

 

Antes de bajar, descansé 10 min y me reí del sufrimiento ridículo por el que estaba pasando. Tomé el celular y grabé un video del episodio para recordármelo más tarde. Me tomó una eternidad bajar al campamento y cuando llegué pude acompañar por radio a Damir hasta la cumbre entre siestas de 10 minutos y cánticos de motivación con puna para hacerlo sentir menos solo.

 

Llegó a las 18.30 hrs al campamento y me contó su odisea. Los 800 metros que seguían no se ponían más fáciles, su ascensión fue alimentada por un ritual de un gel energético y un vaso de agua caliente del termo cada 100 metros. Al principio avanzó dudoso, pero con bastante seguridad subió el extenso acarreo hasta alcanzar una especie de portezuelo que se observaba desde nuestro último punto. Con un pequeño descanso, logró encontrar una brecha por un sector de roca en dirección norte. Se animó a seguirla sin saber qué había detrás, con la sensación más parecida a un senderismo de 10 días.

 

Desde ese punto, Damir abordó la pasada de roca descrita en los relatos. A simple vista, vio tres opciones, de sur a norte: una chimenea, luego un filo de roca sin mucha pendiente pero muy expuesto y, finalmente, una pequeña canaleta de nieve cuya salida no podía ver. Se arriesgó por la chimenea, su descripción de aquel paso es que medía menos de tres metros y no denotaba ninguna dificultad particular. Sobre ella hay una plataforma pequeña, encerrada en paredes de roca. Para él resultó simple, aunque los crampones, la altura y la mochila hicieron que no fuera trivial. Después de una “salida de piscina”, al norte  se le presentó un trepe sencillo y fácil de sortear. Dado que no llevamos cuerda, supo que debía encontrar otra vía de descenso para bajar de vuelta. 

 

Recuerdo que cuando salió de esto, nos comunicamos. Me dijo por radio que, al salir del gateo, dos pequeñas aves salieron volando en la inhóspita altura de 5500 metros. Mi reacción fue de incredulidad, aunque para él fue un momento lleno de vida que lo abrigó en medio de la tensión que sentía en esos minutos en solitario. En ese mismo espacio de tiempo yo por fin había alcanzado de nuevo el campamento. Después de un gran traverse llegó al filo cumbrero donde tomó un ligero desvío de la ruta. El terreno se volvió entonces más difícil y se dio cuenta que su error fue no haber seguido por el filo. Finalmente, alcanzó la cumbre a las 15:20. Al llegar tomó un pequeño descanso y buscó la caja de cumbre, encontrándola casi tapada por la nieve. La abrió y se emocionó con un libro lleno de historia, con muchas rutas, ascensionistas y proezas. Recién pude escucharlo cuando comenzó el descenso, entre mis siestas de puna, el único punto en que se perdió la señal fue en la cumbre. Compartimos la emoción de haber logrado el objetivo de ese día, algo que ambos asumimos como un logro de la cordada. 

Fig 9. Cumbre

 

A la bajada desescaló lentamente, buscando escalones cómodos para descender de manera controlada. No obstante, llegó un momento en que la única forma de continuar era dando un paso de fe, un paso que no estaba dispuesto a realizar. Como iba con el piolet unido por un cordín al arnés, lo ajustó a una fisura que le permitió darle algo de seguridad a la maniobra. La probó para asegurarse de que lo estuviera sosteniendo y logró llegar abajo.

 

Cuando llegó eran las 18:30, así que no descenderíamos ese día, lo que nos obligaría a pasar una noche casi sin comida. Celebramos con un pedazo de queso y un par de Sunnys. Al otro día, nos arrastramos hacia abajo con muy poca energía y yo con paradas constantes de descanso. La comida liofilizada del campamento 1 nos alegró y nos dio la motivación mental que necesitábamos para el camino de vuelta al campamento de los españoles. La jornada se hizo mucho más liviana siguiendo el camino más cercano al glaciar y nuestra tranquilidad al progresar sólo se vio afectada por algunas huellas misteriosas que desaparecieron tras unas horas ¿un yeti tal vez?.

 

Nuestra felicidad fue interrumpida por el crujir de las rocas arrastradas por el estero Risopatrón, que por aquellos días se había transformado en río. Después de unas horas tratando de encontrar un cruce lógico, flotamos por sobre rocas y confiamos en la impermeabilidad de los zapatos de alta montaña para atravesarlo. Llegamos a las 12 de la noche en medio de una noche estrellada, tranquila e iluminada por algunas tormentas lejanas en Argentina. Nos sentimos satisfechos y yo nostálgica: nos acercábamos al final.

Fig 10. Camino de vuelta

Itinierario y Lista de Equipo: http://bit.ly/2GBpaRG