RECONOCIMIENTO RUTA POR LAGUNA MARGARITA – VÍA CHILENA
Camilo Novoa – Víctor Zavala – Roberto Mayol
Septiembre 2025
El Monte Tronador es un gigante siempre presente para los que vivimos en Puerto Varas. Aunque alejado, se ve siempre imponente y nevado en el horizonte, y nos llama constantemente a ascenderlo. Lamentablemente, la vía de acceso tradicional por Chile ha sido característicamente compleja e impopular, debido a su logística, longitud y complejidad. Resumidamente, se debe navegar hasta Peulla, luego avanzar hacia el paso internacional y comenzar la jornada. El primer y segundo día incluyen cruce de dos potentes brazos de río y un bosque Valdiviano extremadamente tupido, dónde alguna vez hubo una huella hoy perdida. En su contraparte, Argentina posee una vía de acceso maravillosa, con camino vehicular que te posiciona a los pies del cerro, seguido de un sendero amplio y demarcado hasta un refugio de montaña que posee cocina, colchones e incluso servicio de alimentación durante temporada alta.
Hace algunos años, los hermanos Señoret abrieron una nueva vía de acceso, utilizando el ya existente trekking a Laguna Margarita, ahorrando así cruzar los ríos y el bosque cerrado. Esta ruta sin embargo, carece de registros y solamente se conoce de su existencia por el boca a boca, impidiendo que más gente la frecuente y pueda acceder a este hermoso coloso por Chile.
Nuestra intención, era reconocer la ruta y registrarla, con el fin de facilitar a otros montañistas su acceso. Así, nos reunimos nuevamente Roberto Mayol, Víctor Zavala y yo, en una nueva aventura rumbo a la alta montaña.
PREPARACIÓN
La gran complejidad del ascenso la presentaría sin dudas la ventana climática. No solo teníamos de intención ascender a la cumbre internacional de este cerro, si no, además reconocer vías de acceso a las otras cumbres y por ende, esperábamos poder hacer una estadía un poco más prolongada en el cerro.
Estuvimos revisando la meteorología constantemente durante inicio de Septiembre, y encontramos una posible ventana de “buen” clima para las fiestas patrias. “Buena” debido a que era menos prolongada de lo que nos hubiese gustado, e implicaría aproximar con lluvia y nieve. A pesar de eso, estábamos optimistas, pensando que al ser un año particularmente seco, probablemente las condiciones de la nieve nos permitirían un ascenso dentro de todo amigable.
Fijada la fecha, Víctor viajó desde Puerto Natales a Puerto Varas y comenzamos los preparativos de equipo, alimentación y logística.
DÍA 0 – RUMBO A UN HOTEL EMBRUJADO

Peulla es un pequeño poblado de unas cuantas decenas de habitantes y que se ubica al otro extremo del lago Todos los Santos. Para llegar, la única opción es tomar la barcaza que zarpa desde Petrohue, en una bella navegación por el lago. Si el clima acompaña, las vistas son maravillosas; aguas de colores azules turquesa, bosque a todo alrededor y unas vistas fenomenales del volcán Osorno y de la cara Sur del Puntiagudo. En nuestro caso, solo vimos lluvia… lo cual esperábamos, ya que optamos salir antes de que estas terminasen, con el fin de ganar tiempo.

Las opciones de alojamiento en el poblado son muy escasas, teniendo el monopolio el nuevo hotel de Peulla. Y es que tampoco hay muchas más opciones considerando que casi nadie vive allí y que ni siquiera hay mercados dónde abastecerse. Sin embargo, gracias a los datos de un conocido, nos enteramos que el histórico hotel de Peulla construido a finales del siglo XIX, aún servía de alojamiento informal si contactábamos directamente con su dueña/administradora.
Gloria nos esperaba como sus únicos huéspedes y nos recibió en este monumento a la historia con los brazos abiertos. Nos instalamos en una de las cientos de piezas, inmersos en un lugar que emanaba historia, antigüedad y aventuras de antiguos huéspedes. Realmente era una sensación muy peculiar estar alojados allí, solos… inevitablemente se me vino a la cabeza “El resplandor” de Stephen King.
DÍA 1: HACIA LAGUNA MARGARITA Y MÁS

Amaneció con un cielo estrellado y ninguna gota de lluvia. Una pequeña ventanita de buen clima que nos daría el primer empujón para comenzar. Nos internamos en el sendero de Laguna Margarita cargados con equipo y comida para pasar una semana arriba, por lo que tendríamos que dosificar la energía. El sendero es muy popular entre los visitantes de Peulla y uno de sus principales atractivos turísticos deportivos, por lo que su sendero es amplio y bien mantenido por los guías locales. Tiene una dificultad alta, por sus 1.000 metros de desnivel, zonas de trepadas entre raíces e incluso el paso de un tronco sobre un río.
Subimos entre tupido bosque, con un mirador que deleitaba la vista hacia Peulla. Coihues y Lengas dominaban el bosque, pero también pudimos encontrar alerces y mucha vida fúngica. Más arriba, sendas cascadas se abrían paso por las laderas cayendo desde Laguna Margarita, alertándonos de que la zona más compleja y vertical se venía pronto. Entre cuerdas y escalones de raíces, subimos los complejos últimos 200 metros de desnivel, que nos dejaron finalmente a los pies de la Laguna Margarita, nuestro primer check point y dónde paramos a almorzar.

Comenzamos a caminar nuevamente justo cuando la lluvia se hizo presente. El bosque que teníamos delante, era solo conocido por guías y muy pocos montañistas, por lo cual seguíamos nuestro GPS y una tímida huella que de cuanto en cuanto desaparecía. Para nuestra suerte, a esta altura el bosque era considerablemente menos tupido, lo cual nos ahorró sacar los machetes. Seguíamos un filo con abundante barro y material vegetal, lo que hacía que por cada dos pasos, retrocedíamos uno, y que cada bajada fuese un festival de porrazos, atrasando considerablemente nuestro progreso.
(Fotografía desde Laguna Margarita a nuestro regreso)
Cuando dieron las 15:00 decidimos parar, no por llevar ya 6 horas y más de 1200 metros de desnivel acumulado, si no, porque comenzaba a llover más intenso y sabíamos del pronóstico meteorológico que dicha tarde llovería mucho. Si no nos refugiábamos pronto, terminaríamos más mojados de lo que nos convenía y podría poner en riesgo nuestros días siguiente. Armamos campamento entre el bosque, en un bello plateau junto un estero. Una vez adentro de la carpa, ahí nos quedamos, mientras afuera se partía el cielo en lluvia.
DÍA 2: SUFRIENDO EN LA NIEVE
Amanecimos sin apuro. Sabíamos que la lluvia intensa no se detendría hasta las 11 am, y al despertar solo lo corroboramos; la carpa estaba empapada, nos goteaba y afuera aún diluviaba. Pero al poco rato, bajó bastante su intensidad y nos permitió desarmar campamento y retomar la marcha.
Seguimos avanzando por el bosque, húmedo al comienzo y muy nevado al final, dejándonos tras poco más de 2 horas en el límite boscoso y a los pies del Cerro Puma. Su ascenso no dejó de ser sufrido y nos exigió paciencia y un lento avanzar entre nieve profunda hasta la rodilla. No esperábamos dicha bienvenida, ya que habíamos apostado por dejar los skies de randonne en casa dado lo seco de la temporada 2025 y el peso extra que implicaba… sospechábamos que los extrañaríamos bastante.

Desde la cumbre del Cerro Puma no vimos nada. Una densa nube nos cubría, dándonos una visibilidad suficiente para saber hacia dónde caminar, pero no mucho más. Esperábamos acá encontrarnos una pequeña bajada y luego el filo, pero nos sorprendió cuanto debimos descender, entre terreno mixto que nos hizo pensar bien que zonas desescalar y cuales evitar, debiendo volver sobre nuestros pasos en más de una oportunidad. Ya a los pies del Cerro Puma, finalmente nos encontrábamos en el filo. Pronto descubriríamos que más que un filo, se trataba de una sierra, que nos haría subir y bajar incontables veces.
Inmersos en la nube y viento blanco, íbamos guíados solo por nuestro GPS. El blanco constante nos daba una visión plana que en los peores momentos, incluso nos obligaba a caminar tanteando con el bastón hacia adelante para saber si había una bajada, una subida o francamente una cornisa. El frío y el viento nos pegaba con furia, poniendo a prueba sin dudas nuestras ganas de seguir. Avanzamos casi hasta las 18:00, agotados de luchar contra la profunda nieve y la ausencia de visibilidad, cuando encontramos un plateau dónde acampar. Allí armamos un bunker de cubos de nieve que nos protegerían de la siguiente noche, y así, nos encerramos esperando que el día siguiente trajese mejores condiciones climáticas.
DÍA 3: SE SUPONE MEJORABA EL CLIMA?
Amaneció sin mayores cambios. La misma nube seguía cubriéndonos y nos dejaba ver con suerte algunos cientos de metros. Al menos, nuestro bunker había cumplido su propósito y nos había protegido por la noche, pero ya con el campamento desarmado, sabíamos que posiblemente nos tocaría nuevamente un día hostil recorriendo el filo/sierra.
No podría describir mucho del trayecto, más que fueron interminables horas de avanzar y avanzar por nieve profunda sin un destino más que seguir una flecha en el GPS. Al igual que el día previo, nuestros bastones guiaban nuestro camino.

Seis horas después, llegábamos al campamento de los Señoret, justo dónde termina el filo y comienza el ascenso rumbo al glaciar. Estábamos empezando a ganar altura en una zona más expuesta, y el viento blanco nos azotaba con rabia, dificultando nuestra visión y ascenso. Tomamos la decisión que las condiciones no estaban adecuadas para seguir ganando altura y exponernos a vientos aún más potentes, por lo cual nuevamente nuestro día se veía truncado por el clima.
Volvimos sobre nuestros pasos y armamos nuevamente un bunker de cubos de nieve y nos metimos dentro de la carpa, azotada por incesantes ráfagas de vientos que amenazaban con doblar los parantes. Mientras cenábamos, recibíamos nuevamente la meteorología que nos daría pistas de que hacer. Y con eso, tuvimos la eneludible conversación que nos haría volver. Llevábamos tres días en el cerro, con meteorología que en alta montaña se había comportado mucho más hostil de lo pronosticado. El viento no debería haber superado los 20 kilómetros por hora y la nieve caída no debería haber sido más que unos poco centímetros… o estábamos en otro cerro, o la meteorología definitivamente no era acorde a la realidad. Fácilmente habían ráfagas de 50 km/hr y lo acumulado en nieve no debía ser menos de 50 cm.
En los días venideros, si bien debería despejar, el viento empeoraba significativamente, llegando a ser de unos 60 km/hr, para luego llegar un frente de mal clima del cual sin dudas deberíamos arrancar, con vientos estimados de 100 km/hr. La decisión fue unánime, y es que el pronóstico estaba lejos de reflejar la realidad, y aunque pudiésemos aguantar una tormenta allí, poco nos interesaba quedarnos atrapados hasta que esta pasase.
DÍA 4: ARRANCANDO DEL FILO
Esa noche, solo corroboró nuestra decisión, mientras éramos golpeados por constantes ráfagas de viento que ponían a prueba la resistencia de nuestra carpa y debíamos de tanto en tanto libranos de la nieve que se acumulaba en las paredes. Para el amanecer, el clima aún no mejoraba y despertamos apretados entre paredes cargadas de nieve que reducían nuestra carpa a ¾ de su tamaño.
La promesa de un día sin nubes ni viento nunca llegó, y nuestra marcha de regreso fue tan penosa como nuestra ida. Las huellas estaban casi en su totalidad ya borradas, y nuevamente debíamos fiarnos del GPS de tanto en tanto para no tomar algún filo secundario o evitar zonas de alta exposición. Nos turnábamos la apertura en un agotador hundirse y solo nos reconfortaba la idea de que pronto estaríamos de vuelta en el hogar.



Dicho día, acampamos en la cumbre del cerro Puma, cuando el viento por fin había arreciado. Nos quedamos allí no por falta de luz ni energía, si no, por la promesa de que al día siguiente despejase y pudiésemos al menos una vez, ver el camino recorrido y la inmensidad de nuestro esquivo objetivo. Con el tiempo a nuestro favor, nos refugiamos al alero de una gran roca y excavamos una plataforma digna de castillo medieval, que nos protegería de cualquier intespetuosa noche.
DÍA 5: Y LAS NUBES DESAPARECIERON.
La idea de acampar en el filo para poder ver el amanecer había sido de Roberto. Yo por mi parte, era partidiario de seguir avanzando hasta que la noche nos pillase y así asegurarnos avanzar lo máximo posible, para poder tomar el ferry de las 16:00 al día siguiente. Por eso, habíamos llegado al acuerdo que si nos quedábamos a ver el amanecer, la condición sería despertarnos de madrugada y tener mochilas ya armadas a la primera luz del día.
No fue tarea sencilla levantar a mis cordadas, pero con un poco de empuje se logró el cometido. Despertamos con un cielo estrellado y para los primeros rayos de luz, ya estábamos en la cumbre del cerro vislumbrando como se coloreaba el gran macizo del Tronador. Pudimos ver nuestro camino hecho hasta el último campamento, una larga sierra nada despreciable, y también toda la altura que había faltado por ascender. Irónicamente, en ese preciso instante estábamos más alto de lo que habíamos logrado llegar estando en nuestro último campamento, unos mezquinos 1700 msnm.

Nuestro retorno estuvo exento de incidentes. Bajamos rápido, con la promesa de alcanzar el ferry ese mismo día y poder llegar a celebrar con un buen asado dieciochero. Las marcas de sendero dejadas a nuestra ida, aporte para futuras expediciones, nos ayudaban a cruzar el bosque expeditamente sin depender del GPS, y la consolidación de la nieve nos permitía cruzarlo rápido y sin resbalones.
Los últimos kilómetros los recorrimos al trote, apurados por la hora de zarpe del ferry, sin embargo, logramos llegar justo con 30 minutos de antelación a que este partiese.
Navegamos un Lago Todos Los Santos completamente diferente al de ida, colorido y embellecido por los cerro nevados circundantes, entre ellos el clásico Volcán Osorno, La Picada y nuestro amado Volcán Puntiagudo, que nos mostraba su inescalada cara Sur, haciéndonos seguir soñando con aventuras que quien sabe si algún día se llegarían a cumplir. Había sido una expedición sin cumbre, pero no por eso menos emocionante y adrenalínica, que, más que todo, nos dejó enseñanzas y experiencia para cuando decidiésemos volver una vez más.
