Serendipia Patagónica, segundo ascenso invernal al Monte San Lorenzo

Serendipia Patagónica
Segundo ascenso invernal al Monte San Lorenzo

Una noche bajo la nieve

Eran las cinco de la mañana cuando sonó el despertador. Al comienzo nadie quería moverse. Si bien casi todos habíamos pasado una “buena” noche, el frío nos invitaba a quedarnos dentro de los sacos. La cueva había resultado ser un gran refugio que nos protegió del viento y frío exterior, pero el ambiente adentro, hay que decirlo, no era precisamente temperado. Estábamos a tal punto aislados de lo que pasaba afuera que no sabíamos las condiciones del nuevo día que nos esperaba.

Poco a poco comenzamos a levantarnos, abrigarnos, comer algo y ponernos los zapatos. Pato se quejaba de sus pies helados, y era que no, por mucho que tratamos de sellar la entrada el viento no perdonó los pocos agujeros que dejamos entre las mochilas, metiendo nieve a través de ellos y cubriendo su saco vivac especialmente en la zona de los pies. Sin embargo, con la levantada y el movimiento la sangré volvió lentamente a sus extremidades inferiores devolviéndoles la vida.

Pasado un buen rato desde que sonara la alarma Pato se asomó y nos comentó que afuera estaba despejado y había menos viento que anoche. El cerro, el tiempo y la Patagonia nos estaban invitando a intentar la cima.

Después de más de una hora logramos salir de nuestro refugio y comenzamos a encordarnos. El espectáculo se inició con un tranquilo amanecer naranjo que confirmó el sentimiento de que tendríamos un buen día. Al oeste, contra el horizonte, se veía la sombra proyectada de la silueta del cerro.

Una vez listos, Mayol y el Negro comenzaron a subir directamente por la ladera de la cumbre principal, abriendo la ruta como tantas veces lo habían hecho el día anterior. El calor del movimiento fue soltando nuestros cuerpos y poco a poco comenzamos a aumentar el ritmo. Subimos primero por una ladera de nieve, luego nos encaramamos por una banda de hielo coliflor, sorteamos un par de grietas y, después de caminar casi una hora, llegamos a un punto que parecía ser el hongo cumbrero. Una empinada ladera con hielo coliflor de unos 15 metros. Paramos y Mayol decidió subir por una ruta más directa. Con Pato conversamos y apostamos por una línea que, si bien daba un rodeo por la derecha, parecía más rápida. Efectivamente lo fue, en cosa de minutos estábamos con Roberto subiendo en paralelo.

Si bien Mayol creía que después de esto llegaríamos a la cumbre Pato no estaba seguro, se veía muy fácil para ser la gran barrera que había provocado tantos fracasos, muerte y desilusión. Tenía razón, sorteada esa ladera empinada llegamos a un plano justo a los pies del gran hongo somital que nos dejó estupefactos.

Al frente teníamos una enorme masa de hielo que parecía una ola a punto de reventar congelada en el espacio y el tiempo. El viento y el frío habían desafiado las leyes de la gravedad y no sabíamos cómo enfrentarlo. ¿Cómo escalar esa pared que tenía un desplome de tantos metros sin correr el riesgo de que se derrumbara? Las dudas y el desaliento nos invadieron. Se habló de llegar hasta ahí, de que no podíamos arriesgar tanto y de que no sería posible intentar la cumbre.

Estábamos nuevamente en un punto crucial, los meses de planificación, las semanas de preparación, los entrenamientos y cursos, todo se ponía en juego ante el problema que enfrentábamos y la decisión que debíamos tomar, porque sabíamos que sin cumbre los días de frío, hambre y esfuerzo, tanto físico como mental, no tendrían justificación a los ojos del resto. Era esa decisión la que marcaría la expedición Serendipia Patagónica como un éxito o como un más de los innumerables intentos que no logró su objetivo.

Como reflexionó Besser hace 15 años frente al mismo problema: “no creo que haya otra actividad en que los símbolos pesen más que en el montañismo, que inútil, solo el llegar arriba vale, que mínima diferencia pero que simbólica es…

El comienzo

Todo había comenzado unos días antes, un 13 de agosto de 2019, cuando el avión en que viajábamos Mayol el Negro y yo aterrizó en la pista del aeropuerto de Balmaceda, fuertemente azotada por el viento patagónico. El periplo austral tenía como destino intentar el segundo ascenso invernal al Monte San Lorenzo, ubicado en el límite con Argentina al sur de Cochrane, Región de Aysén.

Ese día el destino fue la ciudad de Coyhaique donde nos esperaba Ignacio Carrasco y su jeep Land Crusier de los 80, al cual había añadido un carro para poder llevar todos los duffles. La recepción fue un lujo. Ignacio y su familia nos estaban esperando con un asado, una cabaña exclusivamente para nosotros y un auto para poder movernos tranquilamente por la ciudad. Así, arriba de “Tanque Felino” (un Subaru modelo Justy de los años 80’) nos paseamos por la ciudad aprovisionándonos con las últimas comidas y muchos gases. Horas más tarde llegaría Pato con lo cual el contingente quedaba completo.

Al día siguiente, a las 8 de la mañana, llegó Francisco Soto, hijo de Luis Soto, el dueño del Fundo San Lorenzo, para transportarnos en una camioneta hasta el fundo mismo.

Subimos los bultos y comenzamos el viaje que, con el correr de las horas, se fue poniendo cada vez más desalentador producto de una fuerte lluvia que nos acompañó desde Cerro Castillo hasta el lugar de destino, limitando bastante la visibilidad y transformando el camino en varias partes en verdaderos ríos. Gracias al conocimiento y la pericia de Francisco pudimos llegar sin contratiempos al fundo, porque si de nosotros hubiera dependido difícilmente lo habríamos hecho.

El camino fue ininterrumpido salvo por unas cortas paradas en Puerto Río Tranquilo, donde hicimos la tradicional escala en la Copec, y en Cochrane, donde dimos aviso a Carabineros y compramos algo rápido para comer en el supermercado.

Eran las 4 de la tarde cuando llegamos a nuestro destino donde don Luis nos esperaba con su hijo Matías en la casa de “verano”. Todo estaba saturado de agua, el suelo, los caminos, las pampas… absolutamente todo. Por lo tanto, cuando llegamos don Luis nos invitó a que nos quedáramos a dormir en el Quincho, una estructura de madera circular con piso de cemento que si bien era bastante helado estaba seco y contaba con una cocina a leña, la verdadera magia del sur. Como el mismo Luis nos dijo, desde ese momento comenzaba la verdadera aventura. Además, nos señaló que al día siguiente veríamos si era posible subir con los “pilcheros” al refugio, porque hasta ese entonces nunca había logrado llegar hasta ese lugar en invierno producto de la cantidad de nieve que normalmente cae en esas fechas. Sin embargo, creía que como este año había sido muy seco habían serías posibilidades de lograrlo.

Los Soto se fueron a su casa, ubicada a unos pocos metros, y nosotros preparamos algo caliente, ordenamos los bolsos y distribuimos las cosas para el día siguiente. Poco a poco la lluvia comenzaba a ceder. Con la oscuridad nos metimos a los sacos en torno al fuego y al poco rato estábamos durmiendo.

El amanecer nos recibió con el pasto del rededor del quincho cubierto con una delgada capa de nieve y un gato que se afanaba por ganar nuestra compasión para que lo dejáramos entrar. Después de ordenar todo llegaron los Soto con los pilcheros, cargamos los bolsos y unas horas más tarde estábamos caminando por los potreros de la Fundo San Lorenzo, rumbo al macizo del mismo nombre. La lluvia había desaparecido y un mar de nubes grises cubría el cielo. El suelo seguía empapado, pero esto no hacía mella en nuestros pies protegidos con las botas de montaña, por lo que no tuvimos problemas en pasar por esteros, charcos y pantanos, mientras don Luis y Matías iban a caballo. Roberto y Pato los seguían de cerca mientras el Negro y yo nos fuimos quedando atrás sacando fotos y grabando videos.

Desde la casa de don Luis había que subir por una cadena de colinas, donde se tenía una gran vista del nublado valle que albergaba el lugar que nos acogió la noche anterior, para luego, por el otro lado, bajar a una larga pampa que se iba encajonando. Desde ahí llegamos a un bosque de lengas que crecía entre el río y que nos acompañó durante toda la caminata a la izquierda y una cadena de cerros a nuestra derecha que envolvía el valle por el oeste. A medida que avanzamos comenzamos a ganar altura y el río desapareció en un desfiladero. Todo iba bien hasta que llegamos a los “pasos complicados”, sencillos trepes que para nosotros no representaron problema, pero si para dos pilcheros que se resistieron a pasar, obligándonos a enviarlos de vuelta. Desde ese punto comenzó a nevar y la senda desapareció bajo medio metro de nieve, altura que iba creciendo a medida que avanzábamos e implicó que tanto los Soto como nosotros nos termináramos hundiéndonos hasta más arriba de las rodillas en algunas partes. Si bien el día estaba cerrado y gris, el buen humor de don Luis y su hijo fueron esenciales para mantener el ánimo en alto.

Luego de cinco horas de marcha llegamos finalmente al campo base, el Refugio de Agostini, una cabaña de dos pisos, limpia, helada y acogedora, que contaba con una cocina a leña y en la planta baja se dividía en dos ambientes mientras que en la superior era un solo gran piso.

Los Soto no dejaban de manifestar su sorpresa por haber llegado tan arriba y reiterar que era primera vez que alcanzaban en invierno con caballos al refugio. Sin duda era un invierno especial. Bajaron los bultos, se despidieron, nos desearon suerte e iniciaron el descenso al valle.

Por nuestra parte, lo primero que hicimos fue intentar calentar el lugar y ordenar las cosas. La aproximación se había acabado y ahora comenzaba el verdadero ascenso. Preparamos todo para el día siguiente sabiendo que enfrentaríamos la primera experiencia realmente patagónica.

Los porteos

El segundo y tercer día de la expedición fueron dedicados a portear equipo hacia el C1. Fueron estos días cuando la Patagonia nos mostró su cara más ventosa. Para ese entonces, los supuestos días de calma invernales de los que habíamos leído en el relato de Pablo Besser, y que después llegarían, parecían meras ilusiones.

Durante el primer día de porteo salió todo mal. Si bien los consejos de Camilo Rada eran que fuéramos livianos porque de seguro nos íbamos a perder, hicimos justo lo contrario y terminamos pagando las consecuencias. Salimos tarde llevando todo lo que podíamos cargar. Caminamos por el fondo del valle y comenzamos a subir por una ladera anterior a la que normalmente se utiliza, lo que implicó que camináramos casi todo el día por nieve honda que en algunas partes nos llegó hasta la cintura a pesar de estar con raquetas.

Todo esto hizo que nos demoráramos mucho más de lo presupuestado y no llegáramos al paso del comedor, el objetivo de ese día, por lo que terminamos dejando el depósito más abajo de lo proyectado cuando nos dimos cuenta que eran las 5 de la tarde.

Todo lo anterior en el marco de un día nublado y ventoso que en más de una ocasión terminó con uno de nosotros tirado en el suelo producto de las fuerte ráfagas que nos azotaban intermitentemente.

Luego de dejar la carga debidamente resguardada, y ante la convicción de que tenía que haber una ruta más fácil que la realizada hasta ese momento, nos separamos al volver, unos para encontrar un camino más corto y directo, que terminaríamos siguiendo en las subidas posteriores, y otros para recoger las varillas dejadas en la ruta utilizada al ascenso. Con el Negro decidimos buscar el “camino oficial”, que logramos encontrar luego de descubrir, no sin dificultad, los monolitos que marcaban la ruta. El viento nos azotó sin misericordia, cediendo solo cuando ya habíamos descendido un buen trecho. Mientras bajábamos, logramos divisar a lo lejos a nuestros compañeros, con quienes nos encontramos al fondo del valle.

Llegamos al refugio ansiosos de calentarnos con el fuego de la cocina a leña y comentar la primera experiencia patagónica. Si bien habían sido varios los errores cometidos estábamos tranquilos por haber logrado aguantar la hostilidad del invierno austral.

El segundo día pudimos contar con mejor visibilidad y logramos reducir considerablemente el tiempo al depósito (si el día anterior nos demoramos cinco horas en esta oportunidad nos tomó solo tres). Lo anterior nos permitió, a pesar del viento, cruzar el paso del comedor y llegar al glaciar Cochrane, por donde subimos hasta alcanzar al C1, logrando así la meta del día. En ese punto dejamos todo el equipo que habíamos subido junto a unas rocas, quedando el lugar marcado con varillas. El fuerte viento de la mañana, que hizo el ascenso bastante penoso, dio paso a la calma regalándonos un tranquilo regreso en el cual gozamos de una tarde increíble con impresionantes postales donde el sol del crepúsculo iluminaba el cerro. Felices de haber cumplido con la tarea planificada, llegamos al refugio caminando bajo la luz de la luna. Este fue el primer día que le vimos la cara al San Lorenzo y la impresión no fue poca… era un cerro realmente enorme, una mole de roca y hielo.

Una postal de ambos días fue caminar con las increíbles Torres de Feruglio a nuestra derecha, unas enormes columnas de piedra de distintas formas y alturas que invitan a cualquiera que pase por ahí a escalarlas.

Además, una anécdota especial fueron las duras batallas que libramos con un ratón que en varias ocasiones atacó nuestras provisiones y el equipo. Cereales, tallarines, ravioles, el InReach del negro, los tazones de goma del negro y Pato, el plato de comida de Roberto y los duffels fueron víctimas de sus incursiones. Si bien la noche del segundo día Mayol lo encontró en la pieza Kanasaka y se libró una persecución para atraparlo, el ratón logró, inexplicablemente, escapar indemne. Sin embargo, en la noche siguiente, cuando nuevamente se lo encontró Mayol en Kanasaka, logramos atraparlo y terminar así con sus funestos ataques que tantas bajas dejaron, al punto que tuvimos que hacer vista gorda a los tallarines perforados y comerlos igual para no perder tantas raciones.

Días de descanso

El cuarto y quinto día de expedición fueron de descanso. Así, junto con la tranquilidad de la noche de la jornada anterior iniciamos un período de recarga de energía en el refugio de Agostini.

Después de dos días de porteo nuestras actividades se redujeron a levantarnos tarde, picar leña, ir a buscar agua al río, mantener la cocina a leña prendida, cocinar, leer y jugar cartas.

El refugio era realmente un lujo, y a pesar de lo helado contaba con ventanas y la cocina a leña nos permitía sortear las horas de mayor frío. En torno a ella hicimos la mayoría de nuestras actividades cotidianas. Si estábamos adentro era en los sacos o junto a la cocina prendida. En la pieza de al lado, magistralmente llamada Kanasaka por los integrantes de la expedición Inamible, en memoria al glaciar de un cuento de Francisco Coloane debido a las bajas temperaturas que siempre reinaban en ella, teníamos nuestros duffels con el equipo y la ropa.

El sol se asomó levemente ambos días, sin ser suficiente para generar calor.
Momentos de ansiedad eran los reportes del tiempo que nos enviaba Agustín Ferrer una vez al día. Su ayuda y atención, tanto con nosotros como con nuestros familiares, a quienes informaba de los avances, fueron claves para la tranquilidad de todos.

Por otro lado, los materiales de lectura fueron tanto libros personales como escritos que encontramos en el lugar.

De los libros personales, temas comentados fueron la profunda desilusión que Pato sufrió con el Libertador luego de leer ¿Quién mato a Manuel Rodríguez?; el conocimiento del gran Luois Lachenal, montañista francés, al leer Cuadernos del Vértigo; y, las burlas de Mayol respecto de la mitología de Cordillera Blanca.
Además, lectura común fueron el relato de la expedición Inamible, de 2004, y los cuadernos de Gino Buscaini que estaban en el refugio. Gracias al primero, que habíamos leído varias veces en Santiago y volvimos a leer a conciencia, logramos anticipar y prepararnos bien para las situaciones que nos tocaría enfrentar en los días venideros. La experiencia recogida del relato de esa expedición fue fundamental para nuestra Serendipia Patagónica.

A su vez, gracias a los testimonios de Buscaini pudimos conocer en detalle los innumerables intentos que realizó el Padre de Agostini hasta lograr el primer ascenso al San Lorenzo en la década de los 40.

Ambos días salimos del Refugio para disfrutar del entorno de nuestro campo base, un viejo bosque de lengas cuyos árboles caídos nos proporcionaron leña y, en su oportunidad, sus ramas dieron lugar al antiguo refugio construido por el Padre de Agostini, que sigue subsistiendo gracias a los cuidados de don Luis Soto y su señora Lucy Gómez, quienes lo han levantado dos veces y van por una tercera.

En estas salidas aprovechamos de ir a buscar agua y disfrutar de la vista al macizo que se podía observar desde el claro que estaba junto a refugio, donde había una banca especialmente ubicada para poder maravillarse con la visión de la mole patagónica.

Comienza el ascenso final

Después de descansar y reponernos durante dos jornadas en el refugio, y con un pronóstico favorable para los días siguientes, decidimos dejar las comodidades del campo base, y la seguridad del valle que nos acogió todo ese tiempo, para enfrentarnos definitivamente al mundo de hielo y roca.

Así comenzó el sexto día de expedición, jornada en que llegamos al C1, desenterramos las cosas guardadas en el depósito y armamos el campamento. El lugar era una terraza lo bastante amplia para las dos carpas, que estaba protegida al sur y oeste por una alta banda de rocas que marcaba la separación entre los glaciares Cochrane y el Calluqueo.

El desafío era encontrar la denominada “brecha de la cornisa” que nos permitiera franquear la pared al día siguiente y montarnos al glaciar vecino.

Una vez que teníamos las carpas armadas, Roberto y el Negro fueron a buscar la pasada, que se encontraba precisamente a un costado de la cornisa que coronaba el punto más alto del glaciar. Cruzando a través de ella nos podríamos montar sin problemas al Calluqueo y así proseguir al C2. Si bien implicaba subir por una pendiente bastante pronunciada, los exploradores se preocuparon de dejar preparados los escalones que facilitarían bastante la subida al día siguiente.

Esta jornada fue, en general, sin sobresaltos, predominando la presencia de nubes altas que nos permitieron tener claridad y muy bonitas vistas. La tranquilidad del día y el conocimiento de la ruta nos permitieron llegar rápidamente a nuestro destino. Sin embargo, nos preocupaba el peso que tendríamos que cargar el día siguiente al C2, ya que iba a ser mayor al presupuestado.

Una anécdota poco feliz fue que estando con las colchonetas infladas y acomodándonos para comer, le hice tres piquetes a la mía con el tenedor de titanio. A pesar de que Pato estaba preparado y andaba con parches, desde ahí en adelante el aire sólo le duraría unas horas. Por suerte andaba con la de espuma.

A la gélida noche del C1, en la que el frío prácticamente congeló todo, le siguió un amanecer glorioso y un día memorable en el que logramos llegar el C2, donde instalamos el último campamento y preparamos el asalto a la cumbre.

Al despertar vimos que todo el interior de la carpa estaba escarchado y los sacos congelados en las aberturas por donde respirábamos.

Así, fueron necesarias cuatro horas para levantar el campamento y secar las cosas congeladas. Para ese entonces, hacía suficiente calor como para caminar con dos capas, algo impensado para la época y la latitud en la que nos encontrábamos.

Después de cargar las pesadas mochilas seguimos las huellas abiertas por Roberto y Damir, el día anterior, hasta atravesar la brecha de la cornisa y montarnos al glaciar Calluqueo.

Atrás quedaban los ya familiares valles y terrenos por donde transitamos los días anteriores. Por delante, teníamos una enorme y desconocida explanada de hielo interrumpida por algunas grietas a uno u otro lado.

Luego de atravesar la brecha nos encordamos y pusimos a caminar en un día absolutamente despejado, que nos deleitó con vistas a innumerables cumbres y picachos de roca, hielo y nieve.

Después de 4 horas de avanzar por el gran glaciar, en donde más de uno hundió sus pies en una grieta, llegamos a una loma donde armamos el C2.
Desde ahí se podía ver con absoluta claridad el cordón Cochrane, el cerro Ortuzar, la Laguna Calluqueo y el gran desafío que nos esperaba el día siguiente: la cascada de séracs.

Mientras armábamos las carpas y el sol comenzaba a declinar, un mar de nubes nos fue envolviendo, dejando solo un lugar sin tapar, el camino a la cumbre. La belleza, paz y tranquilidad de esa tarde hicieron de ese momento uno de los más emocionantes de la expedición.

Una vez que nos abandonó el sol, nos avocamos a las tareas de derretir nieve, cocinar, comer, hidratarnos y dejar todo listo para el día siguiente.
La ansiedad nos empezaba a ganar. Las horas siguientes iban a definir meses de trabajo, preparación y planificación, por lo que conciliar el sueño no fue tan fácil.

La cascada y el hombro norte

A las cinco de la mañana del octavo día de expedición sonó el despertador. Una vez más estaba todo escarchado. Las nubes de la tarde anterior habían desaparecido y la paz reinaba en el ambiente. Para animar un poco la levantada puse una lista de clásicos con los Rolling, Creedence y Queen, entre otros. Con esta música de fondo tomamos desayuno, nos vestimos y metimos los sacos y colchonetas en las mochilas. Teníamos que llevarnos parte del equipaje a la antecumbre.

Después de dos horas y media nos encontrábamos encordados y listos para comenzar. Mientras ajustaba un par de cosas Mayol y el Negro partieron. El primero abrió casi toda la cascada a un ritmo endemoniado que tenía al negro suplicando por descansos. La fiebre de cumbre lo carcomía y tenía fija la idea de llegar a la cima ese día. Era que no, el pronóstico anunciaba que en la jornada siguiente volvería el viento patagónico, lo que ponía en riesgo el éxito de la expedición.

Sin embargo, con Pato nos fuimos a un ritmo que era más lento pero sostenido. Así, después de dejar las carpas remontamos suaves laderas esquivando grietas durante una hora y media, luego de lo cual rodeamos un cono de eyección por la izquierda, dejando a nuestro lado torres de hielo sostenidos por no sé que fuerzas desconocidas.

Posteriormente, un quiebre de la pendiente dio inicio a la verdadera cascada, donde la ladera se empinó a tal punto que no daba margen a caídas o tropezones.

El escenario era surrealista. Enormes bloques de hielo, cubiertos de superficies de coliflores blancos, de distintas longitudes, tamaños y formas, se asomaban lo largo y ancho de la cascada.

Mayol, que había estudiado la ruta el día anterior con el monocular, dirigió al equipo a través del laberinto formado por grietas, laderas empinadas, puentes de nieve y filos, hasta que llegamos al crux de esa sección. Una pared de unos 4 metros, desplomada, cubierta de hielo coliflor que se interponía en nuestro camino.

Cuando llegamos con Pato el Negro estaba asegurando a Mayol desde una reunión con estacas. Roberto estaba justo debajo del desplome preparándose para subir con ciertas aprehensiones por la exposición y lo difícil de la tarea. En eso decide sacarse la mochila para poder acometer la empresa con mayor libertad. Puso un tornillo lo más alto posible y comenzó a luchar contra el hielo y la gravedad. Los golpes de los piolets se sucedieron uno tras otro. La primera capa era traicionera y no permitía que el escalador se agarre, obligándolo a limpiarla para poder progresar. Luego de varios intentos logró fijarlos y comenzó la misma operación con los pies. Pasaron largos minutos de fatigosos golpeteos hasta que logró, finalmente, superar el desplome. Luego de ello ascendió por la ladera y armó una reunión para fijar las cuerdas.

El plan siempre fue que el primero abría y luego los otros tres debían subir por la cuerda fija con los jumar, técnica que había resultado a la perfección con Pato en el Choshuenco, un mes antes. Sin embargo, no contábamos con que era primera vez que el Negro lo hacía.

Una vez que Roberto armó la reunión quedamos en que debía seguir el Negro, luego Pato y finalmente yo después de recoger todo. Pues bien, el Negro tuvo problemas desde que enganchó el jumar en la cuerda: primero no corría, luego no sabía como hacer la transición en las estacas que había puesto Roberto como seguro y, finalmente, no había caso que pudiera ascender por el desplome con este procedimiento. En eso, Pato decidió acercarse y ayudarlo sujetando la cuerda desde abajo, dándole una mano a Damir que ya estaba lo suficientemente frustrado, explicándole como lo tenía que hacer. Los gritos de ánimo se sucedieron uno tras otro y lentamente el Negro comenzó a subir. Pasaron varios minutos para que pudiera superar esos cuatro endiablados metros y subir por la ladera.

Luego del despliegue de nuestro amigo fue el turno de Pato y después el mío, pero como ya habíamos hecho esto antes no fue tan difícil, aunque la pendiente tenía lo suyo y el procedimiento resultó ser más agotador de lo que pensábamos.

De esta forma logramos superar los 4 el crux de la cascada. Desde ahí en adelante yo abrí un tramo corto de nieve bien empinado, superamos una ladera parada de hielo coliflor y Mayol retomó la vanguardia dirigiendo al equipo a través de varias grietas que separaban el final de la cascada del hombro, lugar al que llegamos a las 14:30 donde gozamos de una vista espectacular. Todavía nos quedaba un buen tramo por delante y pocas horas de luz.

La cascada nos había tomado más de los presupuestado, por lo que estábamos seguros de que tendríamos que pasar la noche arriba.

Luego de subir al hombro norte nos encontramos con la sorpresa de que para rodear la cumbre norte, y llegar a la principal, era necesario subir y bajar unos 200 metros.

En un escenario de cansancio generalizado, Pato y el Negro se echaron el equipo al hombro y abrieron ese tramo que fue sumando horas al día y fatiga a los músculos.

Eran las cinco de la tarde cuando finalmente llegamos al portezuelo y nos paramos frente a la cumbre principal. El sol perdía fuerza, las sombras se alargaban y una helada brisa desde el sur aparecía, hundiendo la temperatura y la sensación térmica.

Teníamos que decidir qué hacer ¿aprovechar las condiciones e intentar la cumbre o esperar al día siguiente con el riesgo de que apareciera el viento patagónico? Si bien Roberto seguía queriendo intentar la cumbre ese día y así no arriesgarnos a que cambiaran las eventuales condiciones que podríamos tener al día siguiente, el cansancio, la alta probabilidad de que termináramos subiendo de noche y la necesidad de encontrar un lugar donde dormir nos llevaron a optar por buscar un lugar para pernoctar.

Miramos la cumbre principal, buscamos una ladera con suficiente pendiente y nieve, caminamos hacia allá, nos sacamos las mochilas, desencordamos, tomamos las palas y nos pusimos a cavar.

Tres horas después teníamos una gran cueva protegida del viento y el frío, donde cabíamos perfectamente los cuatro acostados. Comimos, derretimos nieve, nos hidratamos y acostamos pasando una buena noche, a pesar de los reclamos de Pato por la nieve que entraba por la apertura.

Transcurrieron las horas y sonó el despertador. Llegó el nuevo día y con ello la oportunidad de hollar por segunda vez la cumbre del Monte San Lorenzo en invierno. A ello le siguió la levantada, el ascenso por la ladera, lo que pensábamos que era el hongo somital y la posterior sorpresa de lo que se interponía entre la cumbre y nosotros.

La cumbre

Si bien Roberto y el Negro tenían dudas de subir, con Pato nos repetíamos que no podíamos irnos sin siquiera intentarlo. La enseñanza del Choshuenco estaba muy fresca.

Estábamos conversando de qué hacer cuando encontramos un punto débil en donde el extremo de la ola congelada se apoyaba en un hongo más pequeño, formando un arco por donde escalar, bajo el cual había una bóveda de varios metros de ancho y alto.

Así, con Pato nos dirigimos al hongo pequeño y cuando todavía estábamos con dudas le pedí que me recogiera la cuerda y me puse a escalar. Me monté a esta pequeña elevación, armé una reunión y recogí a Pato quien se asomó bajo el arco y confirmó que era el camino.

Mayol y el negro, que estaban todavía abajo, no se notaban muy seguros pero finalmente subieron hasta donde estábamos nosotros sabiendo que no teníamos más alternativa. Le pedí a Mayol que me asegurara, preparé el equipo, me hice de estacas y tornillos, me encomendé, agarré los piolets y comencé a escalar delicadamente. Cada golpeteo de las picas y los crampones contra el hielo fue suavemente medido y realizado. Tenía la respiración contenida y el oído atento. Fueron seis movimientos y ya estaba sobre el arco, luego di tres pasos y salí de él. ¡Había aguantado… el arco había aguantado! ¡El camino a la cumbre parecía despejado!

Superado el arco, la fiebre de cumbre me invadió y me abalancé a la cima.
En medio del frenesí escuché por la radio que debía poner una estaca, lo que hice de inmediato, para luego seguir subiendo. En ese momento sólo importa llegar. Varios meses de preparación y días de expedición estaban a punto de completarse con la cima.

Estaba en eso cuando escuché por la radio “quedan 20 metros de cuerda”. Miré hacia arriba y me autoconvencí de que tiene que alcanzar, por lo que seguí subiendo.

Llegué a un punto donde la pendiente se empinaba y había que montarse a una pequeña y angosta canaleta de nieve, en medio del hielo coliflor, por donde se subía caminando a la cumbre. Puse una segunda estaca para asegurar la montada. Intenté clavar el piolet derecho para subir pero logré que se agarrara. Por más que limpiaba y golpeaba no había caso que se fijara. Intenté con el izquierdo y después de varios golpes lo logré. Volví a intentar otra vez con el derecho, pero no hubo caso. Finalmente me la jugué con el solo apoyo del izquierdo, subí los pies y me encaramé a la canaleta.

Avanzaba a través de ella cuando escuché “quedan 5 metros”, pero continué. Luego volví a escuchar “2 metros” pero seguí, ya no quedaba nada. Finalmente escuché “1 metro” e insistí en dar tres pasos. Mayol tenía el final de la cuerda en su mano y cuando ya no podía darme un metro más escuchó por la radio “¡Cumbre csm!”.

¡Lo habíamos hecho! ¡Era la segunda invernal al San Lorenzo!

Para la anécdota fueron las respuestas que recibí de ese grito eufórico, porque mientras Pato simplemente me apuraba para que pusiera las cuerdas porque estaba cagado de frío, Roberto me felicitaba y el negro no creía el espectáculo que veía.

Luego de eso armé la reunión, fijé las cuerdas y el resto comenzó a subir a través de ellas, esta vez sin problemas. Así, al rato llegó Pato emocionadísimo, luego el Negro, quien no creía que había subido el cerro y, finalmente, cerrando la expedición que armó y llegando a la cumbre que soñó, llegó Mayol lanzando su grito característico.

A pesar del viento vivimos un momento épico. Al norte veíamos el San Valentín y al sur el Fitz Roy. Llovieron los abrazos, las felicitaciones, las fotos y los videos. No podíamos más de felicidad.

Después de un rato disfrutando la vista, y grabárnosla a fuego, comenzamos a bajar, rapeleando primero y caminando encordados después. Pasamos por la cueva y recogimos las cosas. Llegamos al portezuelo y nos volvimos a mirar por última vez la cumbre principal. Vimos la cueva, las huellas y el hongo somital. Sería la última vez que lo observaríamos.

Rodeamos la cumbre norte y llegamos a la cascada de seracs que todavía nos quedaba por bajar. El pronóstico decía que en la tarde aparecería el viento, pero si bien las nubes comenzaron a cubrir el hombro el día continuaba tranquilo.

Siguiendo las varillas puestas en la subida bajamos sorteando grietas, desescalando laderas de hielo coliflor y rapeleando el crux. Estábamos en lo último cuando se fue el sol, sin embargo, gracias a Dios las huellas estaban levemente marcadas, ya que siguiéndolas con las frontales pudimos llegar al campamento sin más sobresaltos que una grieta donde Pato metió el pie.

Media hora después de llegar a las carpas se desató un vendaval que nos acompañaría toda la noche zamarreando las carpas y levantando nieve por todas partes. Alguien lo postergó el tiempo preciso.

Una vez en los sacos la sensación de relajo, tranquilidad, felicidad y alegría eran totales. Escuchamos música y comimos los lujos llevados para la celebración (jamón serrano y chocolate). Antes de dormirme estuve largo rato mirando el techo, escuchando el viento y repasando las imágenes de ese día que no quería que se acabara.

El descenso

Con el amanecer, y contra todo pronóstico, amainó el vendaval. Tuvimos un día absolutamente despejado y caluroso, en el que luego de una larga levantada comenzamos a descender.

Caminamos por nieve blanda, rapeleamos la brecha de la cornisa, recogimos las cosas en el depósito del C1 sumándole más kilos a las pesadísimas mochilas, vimos nuevamente una increíble puesta de sol en el glaciar Cochrane, pasamos algún susto en la bajada de la brecha de la cornisa, nos encontramos con un español con su pareja estaban alojando antes del paso del comedor y querían llegar al día siguiente a la brecha de la cornisa. Finalmente, caminando a la luz de la luna llegamos al refugio cansados, alegres y espirituados. Nos sacamos las cosas, pusimos la ropa menos sucia que teníamos y disfrutamos las comodidades del base esa noche.

Al día siguiente nos dedicamos a reponer fuerzas, picar leña, tallar el testimonio y en la noche, junto a las visitas españolas, celebrar con un buen vino y comida, en lo que fue la última noche en el refugio.

Con la llegada de la luz nos levantamos y dedicamos a ordenar y limpiar. Después de terminar, aprovechamos de poner el banderín del CAU, colgar el testimonio y jugar las últimas partidas de carta. Estábamos en eso cuando escuchamos ruidos. Salimos y nos encontramos con Luis Soto, quien nos saludó muy feliz. Feliz de que hayamos hecho la segunda invernal al San Lorenzo, feliz de que hayamos sido jóvenes y chilenos, y feliz de que su presentimiento de que íbamos a hacer cumbre cuando subimos haya estado en lo correcto.

Cargamos los bultos y bajamos livianos al valle. Se notaba el paso del buen tiempo ya que había menos nieve que al subir.

Al llegar a la casa de Don Luis nos recibió su señora, Lucy Gómez, quien nos abrazó, felicitó y contó que nos estaba preparando una carbonada. Luego de eso nos cambiamos, esperamos que llegara el anfitrión y nos fuimos a la casa de Don Luis a comer la comida prometida. Estábamos reunidos en torno a la mesa cuando Don Luis sacó una champaña para celebrar dando unas palabras especiales para la ocasión.

Fue lejos la mejor acogida y celebración que hayamos tenido a la vuelta de un cerro en nuestras vidas.

Pasada la comida los anfitriones nos mostrarían grandes secretos guardados hace años: testimonio de Bonatti, equipo de hace décadas y recuerdos de expediciones de antaño.

Con eso terminaba la expedición. Al día siguiente bajamos a Cochrane y de ahí en adelante siguió un tranquilo, comido e hidratado regreso, con muy buen tiempo, que culminó en Santiago 4 jornadas después.