Expedición a Campo de Hielo Norte : Glaciar Colonia

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“Muchos años después, frente al pelotón de fusilamiento, el coronel Aureliano Buendía había de recordar aquella tarde remota en que su padre lo llevó a conocer el hielo.”

Los meses previos

Uno de los principales síntomas de la “enfermedad aguda de montaña”,  es comenzar a confeccionar una lista de cerros y expediciones tan interminable  y fantasiosa que faltarían dos vidas y tres y media más para cumplirlas. Durante los “invencibles veinte” proyecté en mi propia lista conocer el hielo patagónico al cumplir los treinta. La llegada del plazo me pilló en cualquier cosa menos en la organización de aquella expedición. La idea, en definitiva, quedaría tal como otras, sin tarjar.

Era fines de abril cuando recibo un Email de Nico von Graevenitz invitándome a ser parte de una expedición a Campo de Hielo Norte. De pronto, sin jamás habérmelo planteado, me veo frente a una posibilidad cierta de conocer el hielo en mis treinta. Nico, joven pero veterano de las expediciones patagónicas, llevaba junto a Claudio Allard varios meses  organizando una expedición a la zona del cordón Aysén. Estaba prácticamente todo listo, solo debía aceptar…y acepté. Paralelamente,  Pablo Besser ideaba su propia expedición al monte Arenales para la misma época. Como ambos objetivos tiene un acceso común, la idea era organizarnos para compartir la logística de la aproximación. Sin embargo, por diversos motivos sus compañeros no pudieron asistir, su expedición se cayó y Pablo terminó uniéndose al grupo. Entre mails, reuniones, cervezas y pizzas, se acordó entrar al hielo a través del glaciar Colonia, y una vez allí,  intentar algunos cerros del cordón Aysén y de la zona aledaña.

El sector

El Campo de Hielo Norte (CHN) es un extenso casquete helado de aproximadamente 100km de longitud ubicado en la Región de Aysén. A diferencia de Campo de Hielo Sur (CHS), es alrededor de 1/4 más pequeño y está íntegramente en territorio chileno. El glaciar Colonia es un extenso ventisquero de más de 20km de extensión, que nace en la mitad del CHN y se prolonga hacia el oriente. Las aguas de su deshielo forman el lago y río homónimo, ambos tributarios del caudaloso río Baker.

Comienza la expedición

Llegó agosto y con él la aventura. Luego de un largo viaje aéreo y terrestre llegamos a puerto Bertrand, una pequeña villa al norte del valle del Colonia donde vive Jonathan Leidich, un gringo aventurero que encontró aquí su pedazo de paraíso y quien nos proporcionaría toda la logística del acceso. Desde Bertrand, salimos el 2 de agosto en 2 camionetas 4×4. La huella, si se puede llamar así, era tan mala que daba susto. Cuando ya no pudimos avanzar más caminamos un par de horas hasta  Sol de Mayo, el último ranchito al interior del valle. Este último tramo resultó particularmente difícil para mi, puesto que mientras los pilcheros llevaban la carga hasta el rancho, vadeábamos las caudalosas y heladas aguas del río Colonia. Este primer encuentro con las aguas patagónicas estaría lejos de ser el último.

Al día siguiente, dejamos las acogedoras instalaciones de Sol de Mayo para atravesar el lago Colonia. Este cuerpo de agua tiene una longitud de aproximadamente 8km. El lago estaba cubierto por una delgada capa de hielo  que se quebrada por el peso del zodiak. Al llegar al otro extremo, porteamos el equipo hasta la orilla de la laguna periglaciar del ventisquero Colonia.  Ese día nos despedimos de las últimas personas que veríamos en casi un mes.

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Lago Colonia

Largo y tortuoso acceso.

El 4 de agosto comenzó el verdadero trabajo. Durante la mañana la laguna periglaciar estaba lo suficientemente congelada como para caminar sobre ella, por lo que fue un poco más sencillo su cruce. Luego Nico escala unos 20m del frente glaciar para montarnos sobre él. Yo subo para ayudarlo a montar un sistema de izamiento, mientras Pablo y Claudio seleccionan y organizan la carga. Montarnos sobre el glaciar nos llevó casi todo el día. Unas cuantas decenas de metros glaciar adentro dejamos un ducky, especie de canoa inflable para 2 personas, para ocuparlo al  regreso. Desde allí comenzamos a introducirnos por el glaciar hasta que no pudimos avanzar más. Un caos de grietas nos impidieron el avance.

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Primer Campamento sobre el glaciar Colonia

Los días siguientes significaron un lento avance por el agrietado glaciar Colonia. Algunos días avanzábamos 2km y otros más fructíferos 6. A este ritmo no llegábamos al hielo, por lo que a la mitad del glaciar decidimos atravesarlo hacia el norte. Esta idea, resultó notablemente mejor, pero significó pasar un tramo de glaciar particularmente agrietado y peligroso. Solo hay una cosa peor que atravesar un agrietado glaciar de hielo cristal con peso y sin el resguardo de un cuerda: atravesar un agrietado glaciar de hielo cristal con peso, sin el resguardo de un cuerda y lloviendo.

Cuando finalmente atravesamos hacia el otro extremo, por fin pudimos acampar  en un pequeño plano arenoso y al resguardo de grandes rocas. Nico manifiesta su reparo al lugar porque se podía inundar, pero todos nos hicimos los tontos. Antes de dormir, traté por enésima vez de arreglar un pinchazo en mi colchoneta, la inflé y dormí muy bien escuchando la lluvia caer. En plena noche Nico nos despierta sobresaltado. El excelente arreglo de mi colchoneta y la consecuente comodidad no era tal. Estábamos flotando y el agua estaba a punto de entrar a la carpa. Nos vestimos, y en un trabajo nocturno de un par de horas pudimos canalizar el agua para no inundarnos.

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Un grieta en el camino me enseñó que mi destino…(al fondo el hermoso Arenales)

Desde ese campamento nos dirigimos a otro que denominamos Piedra Parada, por  una gran roca que entregaba algo de protección a la carpa. El día siguiente amaneció funesto, un verdadero diluvio universal que invitaba a quedarse en la carpa. Sin embargo no podíamos perderlo, llevábamos muchos días en el acceso y si queríamos tener alguna chance de subir algún cerro, debíamos marchar. Ese día porteamos equipo, jugándonos literalmente el destino de la expedición. Al regreso a la carpa, se desató un viento arrafagado tan fuerte que nos botaba cada cierto tiempo. En la noche tenía toda mi ropa mojada, desde el gore hasta mi ropa interior. Solo nuestros sacos de dormir nos entregaban la calidez deseada. Ya nada podía ser peor.

 Feliz cumpleaños, bienvenido plató.

El 14 de agosto Claudio estaba de cumpleaños y la señora Patagonia  le regaló un hermoso día soleado con algo de viento. Suficiente buen tiempo para seguir nuestro tránsito hacia el plató de CHN. El cielo despejado y el hermoso paisaje  en el que nos encontrábamos nos hicieron olvidar las penurias del día anterior. Nico siempre decía que Patagonia te maltrataba día tras día, y justo cuando estabas apunto de tirar la esponja, te regalaba una jornada de ensueño. Así,  tal como marineros  embobados por cantos de sirena, seguimos nuestro blanco camino hasta un costado del resalte del glaciar. Acampamos aquella noche junto a una laguna (don Pepe en el mapa, Félix para nosotros).

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El resalte del glaciar Colonia, atrás un dedo de granito en la ladera norte del cerro Buscaini

Al día siguiente atravesamos la laguna y subimos un morro desde el cual, a pesar del día nublado, se podía observar parte del plató, el cordón Aysén, los Noras y el cerro Arenales. Esta cumbresita la denominamos morro de los Ilusos, en honor al pésimo acceso que resultó ser  el glaciar Colonia.  En total, nos demoramos 15 días.

 La cueva de nieve

Llevábamos un par de días sobre el plató y un intento al cerro Nora frustrado por mal tiempo, cuando fuertes vientos comenzaron a amenazar la integridad de nuestra carpa. Nico y Claudio comienzan a hacer una cueva de nieve a unos 100m de distancia, pero el viento y la nula visibilidad exigían más manos, por lo que Pablo y yo nos terminamos sumamos a la tarea. Tres agrandaban la cueva y uno, con un trineo, extraía la nieve de dentro de ella. Era tan fuerte el viento y tan mala la visibilidad que el que estaba afuera – a no más de 2 metros de la entada de la cueva-  no escuchaba nada y sólo respondía a los tirones del trineo. La cueva nos demandó 6 horas.

Todos mojados, ya dentro de la cueva y cada uno en su saco, nos entregamos al sueño reparador. Lo peor ya había pasado..o eso creímos. En la mitad de la noche una gotera empezó a molestar. Pablo arregla el techo para desviar el agua, pero ya no era dos las goteras sino cuatro. Luego, éstas se transformaron en cuatro hilos de agua. Mi saco pasó de estar húmedo a estar literalmente anegado. La suerte de mis compañeros, no era tan distinta a la mia. Patagonia, siempre puede ser peor.

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En la cueva (foto P.Besser)

 

Pero ya lo sabemos, látigo, látigo, látigo, finalmente azúcar. El día siguiente un claro día ventoso nos permitió contemplar la hermosura del lugar, volver a la carpa, secar nuestra ropa y resetearme para los días que quedaban. Todos fuimos felices ese día.

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Nico surfeando (foto P.Besser)

Después de esa noche el tiempo comenzó a mejorar. Movimos nuestro campamento seis kilómetros hacia el centro del plató. El tiempo se nos agotaba y debíamos decidir qué cerros subir en una ventana de buen tiempo que se aproximaba: las difíciles cumbres del cordón Aysén, a 5km al oeste; o intentar unos cerros aledaños al monte Arenales.  Nos decidimos por esta última opción, puesto que podíamos asegurar una cumbre e intentar el ascenso al 3012, la última montaña inescalada de CHN sobre los 3000 metros.

Finalmente las montañas: cerros Gino Buscaini y Eduardo García

El 23 de agosto salimos a las 9am de la carpa. Remontamos un par de kilómetros en esquís hasta donde pudimos. Una avalancha nos dio la bienvenida. Luego seguimos nuestro avance caminando. La nieve estaba tan blanda que nos hundíamos en cada paso. Al llegar a un pequeño circo habían dos cerros al oeste del 3012. Elegimos el de más a la derecha, aparentemente más sencillo. Cuando comenzamos a subir su ladera final atravesamos una sección de grandes seracs, algunos con formas tan extrañas como una hoja de libro suspendida sobre nuestras cabezas. Un desafío a la gravedad y a nuestra rapidez en el tránsito por esa zona.

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El hermoso cordón Aysén

Luego de ese sector tomamos el filo norte del cerro. La nieve muy dura era adornada con típicos coliflores patagónicos. Al llegar a la cumbre pudimos observar casi todo el CHN. Estaba muy frío (alrededor de -20°C) pero muy claro. Nos saludamos con un fraterno abrazo y nos dedicamos unos minutos a sacar fotos y admirar la belleza del lugar. El cerro lo denominamos Buscaini en recuerdo de Gino Buscaini, coautor junto a Silvia Metzeltin de la gran obra “Patagonia, tierra mágica para viajeros y alpinistas”. Gino, fallecido en 2002, fue un apasionado montañista patagónico y gran promotor del rescate histórico de los ascensos de este rincón de América.

 

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Los 4 en la cumbre del Buscaini (foto P.Besser)

Con este ascenso mi sueño de conocer el plató de CHN se hizo realidad. No pude evitar el nudo en la garganta mientras contemplaba el monte San Valentín. Fui inmensamente feliz.

El cansancio acumulado se sentía. Al día siguiente Claudio se quedó en la carpa por una molestia en su rodilla. Nosotros emprendimos nuevamente el mismo camino del día anterior. Cuando mirábamos nuestra ruta a seguir para el cerro 3012, dos avalanchas barrieron un sector. Ello nos obligó a un rodeo enorme que nos consumió muchas horas. Casi al salir de la zona de grietas, una gran rimaya (la más grande que he visto jamás) cortó nuestro camino. Por suerte, un bloque medio empotrado conectaba los dos labios. Nico abre la travesía por su costado y nosotros  los seguimos después. Desde allí alcanzamos una planicie entre 3012 y el Arenales. Eran las 2 de la tarde. Nico y Pablo colocaron cara de que el juego se acabó. El cielo estaba despejado y no había viento. Les propongo seguir y aceptaron sin mucho rodeo, salvo la de  fijar a la 4 la hora límite de regreso.

La pirámide somital resultó más difícil de lo que se veía. Una rimaya con nieve muy poco consistente dio la bienvenida a tres largos de hielo durísimo. Nico los escaló todos de primero. Eran las cinco de la tarde, el reloj sonó a mitad de la ladera, pero seguimos. Bajaríamos de noche como tantas otras jornadas de cumbre. Al llegar a la antecima caminamos juntos hasta la cumbre. La cima resultó tener casi 3050 metros, la nombramos Eduardo García en recuerdo de un gran explorador chileno de estas latitudes.

Mientras los dorados rayos de un sol de invierno brillaban sobre el océano Pacífico, volví a ser inmensamente feliz. El regreso a la carpa fue penoso por el cansancio.

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 Últimos metros antes de la cumbre del Eduardo García

El retorno

Después de estas cimas el tiempo empeoró, no pudimos intentar el Nora y emprendimos el regreso. La bajada fue más expedita,  nos demoramos un tercio del tiempo de subida en llegar al frente del glaciar.

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Comienzo del regreso

Al llegar al fin del hielo inflamos el ducky. La laguna periglaciar tenía un hielo tan delgado que no permitía caminar sobre ella, pero lo suficientemente resistente como para impedir la navegación. Pablo dirigía el bote infable y Nico con sus pies rompía el hielo delante de ellos. Finalmente pudieron abrir un canal para navegar. Como sólo cabían dos personas, se hicieron varios viajes para transportar la carga y a nosotros. En uno de ellos, mientras subíamos la carga al ducky se me da vuelta un pequeño hielo en el que estaba parado. Caigo a la agua, pero alcanzo a sostenerme del hielo para rápidamente salir. Por suerte sólo risas trajo ese chapuzón.

 

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Cruzando la laguna semicongelada (foto P.Besser)

Desde el frente del glaciar caminamos hasta la ribera del lago Colonia donde haríamos nuestro último campamento. Como ya no nos quedaba comida, tuvimos que pasar un poco de hambre el último día, ya que el zodiak se demoró un día más de lo previsto. Desde allí, salimos a caballo, luego en 4×4 y después en un auto hasta Coyhaique, donde junto a un gran plato reparador en los bomberos brindamos por el fin de la expedición.

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El equipo normal y disfrazado

Epílogo

En Santiago, muchos días después,  tomé mi lista y tarjé Campo de Hielo…e inmediatamente agregué otros cinco lugares nuevos para conocer.

http://www.youtube.com/watch?v=akxlNyBrenM

Agradecimientos

  • A Nico y Claudio por invitarme a su expedición
  • A mi familia por comprender la pasión que nos mueve
  • A mis compañeros por ayudarme a salir de las decenas de grietas en las que me caí y por su paciencia en esperarme todos los días a que me colocara los zapatos congelados.
  • Al big bang por haber creado este planeta tan lindo